Una de malos con careta pero sin carne ni hueso
A mi abuela le enamoraba la cara de justo de Gary Cooper y sus ojos azul “decente”. Tenía una devoción inexplicable por las películas del oeste, por las fábulas de moraleja blandita. Viniendo de una de las dos Españas, distinguía fácilmente, sin pegar la oreja al suelo, a los pieles rojas de los nacionales y, a los rojos de piel dura, de tanto sheriff suelto. Los malos y los buenos, a pelo y sin montura. Sin matices, sin psicoanálisis, ni giro argumental. La historia la escriben los ganadores y los derechos de autor se tributaban a la arrogancia de estos colonos. Los indios eran calderilla y demasiada multitud para llevarse bien con ellos.


