El castillo de If: Literatura desde los bajos fondos

Un texto de Édgar Adrián Mora

 

DESDE QUE PERSONAJES Auguste Dupin o Sherlock Holmes aparecieron en la literatura, el género de historias detectivescas ha evolucionado de manera sincrónica según el tiempo ha modificado la dinámica de relaciones humanas dentro de las sociedades. Eso ha hecho que el tratamiento literario de historias de crímenes se haya modificado y tenga, a lo largo del tiempo, diversas formas de manifestación.

De los enigmas del cuarto cerrado a las historias metafísicas y de ahí al popular género de los asesinos seriales, la narrativa policíaca ha experimentado una transformación que lo hace uno de los “géneros” (o “subgéneros” dice la high culture) más populares a nivel mundial.

A pesar de esto, en México no existe un registro cuidadoso de la manera en cómo se ha abordado este tratamiento. Más allá de antologías y proyectos como el de El libro rojo (Fondo de Cultura Económica), Los mil y un velorios (Debate) y Viento rojo (Plaza y Janés), la literatura criminal es vista con cierto desdén, como literatura “fácil” destinada al entretenimiento que no aporta demasiado al canon de la literatura “seria”.

Se añade a esto que mucha de la tradición de lectura con respecto de este tipo de historias se encuentra unida al del cómic popular, donde títulos como El libro policíaco, La novela policíaca, e incluso, Casos de Alarma! insertaban al lector en un contexto donde los policías seguían siendo norteamericanos persiguiendo crímenes en ese país. O en todo caso, hacían referencia a historias tremendistas en donde elementos como el sexo tenían una importancia fundamental, más allá del seguimiento de una investigación como tal.

Es por eso que resulta refrescante, y en cierta medida necesaria, la tarea a la cual se dio Iván Farías (Ciudad de México, 1976) al conformar una antología que da noticia de una nómina importante de escritores que escriben literatura negra en nuestro país: México noir. Antología de relato criminal (Nitro Press/ UANL, 2016). Tal trabajo tiene una edición atractiva y muy bien cuidada, la cual combina elementos visuales que hacen referencia a la investigación policial.

Hay dentro del volumen una buena cantidad de autores y de tratamientos variados con respecto de las historias donde elementos como el misterio, la muerte, el crimen, la sangre, el engaño y lo sorprendente se entretejen. Los tratamientos son múltiples, lo cual muestra también la flexibilidad y posibilidades de las temáticas del género.

Iván Farías, ilustración de David de León

Historias que aluden, por ejemplo, a la reconfiguración de personajes públicos asociadas al crimen que, en manos de un autor se convierten en historias alternativas a la par disparatadas y posibles: por ese sendero desfila “El código Chalino” de Paul Medrano, “Rosas para la señorita Stern” de Omar Delgado o “La dama de los ojos de obsidiana” de Francisco Haghenbeck. Pero hay otras historias que abordan lo tétrico del ambiente carcelario y la marginalidad que desde otras perspectivas es silenciada o elevada a alturas líricas, lo que allá es metáfora, acá se convierte en descripción cruda, casi naturalista, de la realidad: por ejemplo, “Oscura sonrisa de alegría” de Emiliano Pérez Cruz o “Todo va a ser diferente” de Alfonso López Corral.

En otros relatos, las tramas se decantan por descripciones en donde lo metafísico o lo sobrenatural aparecen de manera inquietante, lo cual forja una línea borrosa entre “lo real” y lo que está más allá: el caso de “La ronda de los animales en primavera” de Gerardo Sifuentes, “La bella sonámbula” de Agustín Cadena o “El brazo robado” de Bernardo Esquinca.

De tal manera, nos encontramos ante un conjunto de relatos que están caracterizados por la variedad de su abordaje. Sea desde la estética pulp de tipo norteamericano (“Riviera Paradise” de Hilario Peña), desde la parodia (“De repente sí lloro” de Antonio Malpica), desde el testimonio casi periodístico (“Memorias de un judicial: agentes violadores en el sur de la ciudad” de Guillermo Rubio), a partir de homenajes al relato decimonónico al estilo de Poe (“Principio de incertidumbre” de Ivonne Reyes Chiquete), hasta la manera en cómo el oficio literario se convierte en parte de la trama del crimen (el logrado “Ghostwriter” de Rodolfo J. M).

En fin, que México noires un excelente catálogo de las diversas propuestas que se urden en los bajos fondos (y sobre los bajos fondos) de la literatura mexicana. Es, además, un libro que se lee con el placer de no detenerse a pensar en el tiempo que se tiene invertido en su lectura. Es entretenimiento en su mayor parte, un entretenimiento que, no obstante, lanza interesantes retos al lector en varias de sus páginas. No hay uniformidad, no hay respeto irrestricto por algún “modelo” existente. Y qué bueno.~