EL CASTILLO DE IF: Soñar con otras bibliotecas

Édgar Adrián Mora nos hace ‘Soñar con otras bibliotecas’, en El castillo de If/ ilustración ‘Gregorio y sus escribas’ (Vienna, Kunsthistorisches Museum, siglo 10).


 

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El silencio que se exige, y que generalmente se experimenta, en las bibliotecas tiene antecedentes en costumbres monacales. En las condiciones de producción, salvaguarda y reproducción que algunas órdenes religiosas requerían para la máxima concentración en sus tareas de estudio, reflexión y como copistas del conocimiento existente en su época.

Los hábitos de lectura, sin embargo, se han modificado a partir de la transformación de los medios de almacenaje y transmisión del conocimiento. Para muchos lectores resulta reconfortante buscar su lista de reproducción de música titulada «Para leer» y sincronizar las percepciones auditivas con las reflexiones que las manchas de tinta, líquida o electrónica, nos despiertan desde la página. Otros seguimos prefiriendo el silencio.

Sin embargo, conviene preguntarnos, a estas alturas de la historia humana, si esta concepción medievalista de la biblioteca no tendría que modificarse a fin de asegurar su sobrevivencia. En primera instancia, la biblioteca tiene como objetivo convertirse en la posibilidad de contener el conocimiento humano a través de la escritura en los libros. No obstante, esta idea de exclusividad del conocimiento asociada a los libros (y no a cualquier tipo de libros, pero eso es arena de otro costal) hoy resulta caduca.

Los soportes del conocimiento humano se han modificado de manera acelerada y transforman incluso los modelos tradicionales de aprendizaje. Medios audiovisuales, electrónicos, interactivos, de referencias cruzadas inmediatas, plantean una nueva posibilidad de acceso a múltiples contenidos sin que se esté condicionado a la rigidez del medio libro. En ese sentido, ¿no tendría que modificarse también la concepción de la biblioteca de ser el espacio de almacenamiento de libros a convertirse en la posibilidad de acceso al conocimiento?

La mayoría de las bibliotecas fundan su tarea en poner a disposición del usuario su catálogo y buscar que éste elija lo que necesita o lo que desea leer (que no es lo mismo). Para muchos bibliotecarios, incluso, la modernización de su espacio de pertinencia consiste en incluir en sus colecciones películas o archivos electrónicos (libros para leerse en pantallas, sobre todo). Es decir, el usuario tiene que realizar el trabajo de selección, discriminación y exploración de los materiales que supone le serán de utilidad.

Lo anterior funciona, sin problemas, para usuarios expertos en la búsqueda de información y que, ya sea a través de la escolaridad o de manera autodidacta, ha construido un método y un proyecto de conocimiento que le permite organizar las tareas que destina a las bibliotecas. Sin embargo, ¿qué ocurre con el grueso de usuarios que, si tomamos las características de nuestro sistema educativo, se acerca a la biblioteca con el mismo temor religioso que invoca un templo o un monasterio? A la intimidación sigue el extravío y a éste la frustración.

El resultado de esa experiencia negativa por parte del usuario redunda en el abandono de la experiencia de la biblioteca como ente vivo que puede asimilar a su propia vida. En el escalofrío metafísico de entrar en contacto con un cuerpo muerto, enfermo o moribundo. De manera personal, me asumo como un producto de la biblioteca pública. Tuve más maestros olvidables que memorables, por lo cual el grueso de mis conocimientos los obtuve de manera autodidacta en visitas a bibliotecas y préstamos a domicilio. Por esta razón es que me resisto y me aterra la perspectiva de la desaparición de estos espacios. Sobre todo en un mundo que, a pesar de las apariencias, sigue condenando a la mayoría de los seres humanos a la marginalidad de acceso al conocimiento vía la tecnología. En la actualidad se ve a internet como uno de los medios de preservación del conocimiento humano, con parámetros de selección menos rigurosos que los de una biblioteca lo que también le otorga mayor representatividad. Pero, ¿qué opción tienen aquellos que no tienen acceso a una computadora, a una tablet, a un smartphone, a internet?

Más allá de los préstamos a domicilio tendría que plantearse la posibilidad de ser algo a lo que siempre se ha resistido: un espacio de sociabilización.

La biblioteca tiene que transformarse, por su propio bien y en ejercicio de su instinto de supervivencia, en un espacio en el cual sea posible acceder de manera activa a los conocimientos generados por el hombre. Más allá de los préstamos a domicilio tendría que plantearse la posibilidad de ser algo a lo que siempre se ha resistido: un espacio de sociabilización. Un lugar para crear vínculos entre personas reales. ¿Cómo puede hacerlo? A través de medios que ya han sido probados en su eficacia: ciclos de proyecciones de audiovisuales curados y seleccionados de manera cuidadosa y que respondan a intereses diversos (igual el cine de arte que el anime, por ejemplo); exposiciones de productos plásticos que estimulen la reflexión y la contemplación consciente; organización de torneos de juegos de mesa y de habilidades diversas (romper con el mito de que «en la biblioteca no se juega»); capacitación constante de sus bibliotecarios para que puedan guiar al usuario incipiente en las posibilidades que se abren ante él; oferta de medios electrónicos y digitales que den posibilidades a acercar su mundo cotidiano al de la biblioteca; salas de videojuegos en las cuales se pueda, también, mostrar la diversidad en este tipo de manifestaciones.

Por último, y quizá más importante, no se debe perder de vista la necesidad del contacto humano dentro de la biblioteca. La necesidad de impulsar talleres de escritura creativa con guías eficientes que permitan que la lectura y la obtención de conocimiento se traduzcan en nuevas producciones; también, y de manera sobresaliente, generar mecanismos de animación a la lectura, de acercamiento lúdico al libro, dirigidos no sólo a los niños (ese público cautivo) sino también a los otros sectores de la sociedad: a los adultos, a los estudiantes que busquen conocer más allá de su propio campo de profesionalización o que posean espíritu renacentista, a los profesores que requieran de esa capacitación, a los ancianos (esos grandes olvidados), a los padres.

Con los aires secularizadores de producción y difusión de conocimiento, la biblioteca debe romper de manera consciente y cuidadosa con su vocación monacal y convertirse en aquello para lo que fue concebido alguna vez: el espacio de salvaguarda, producción y difusión del conocimiento propio de su época. Pero en nuestros días, claro, lidiando con las ventajas y desventajas que los nuevos medios inauguran. Podemos soñar con otras bibliotecas.~