Historia natural de los virus humanos

Por Iveth Luna


 

TOCAN LA PUERTA del barandal de tu casa.

Te besan la mejilla, les das un abrazo, te impregnan del olor de su desodorante.

Entran a tu sala, dejan polvo de sus zapatos en el piso, observan tus muebles, saludan a tus mascotas, tocan con su mirada los espacios.

Les acercas una silla, les sirves una cerveza, beben la cerveza, dejan rastros de saliva en el pico de los vasos.

Pones música en la laptop, los invitas a que elijan una canción, se acercan a tu computadora, teclean el nombre de un grupo, dejan sus huellas digitales en el teclado.

Hablan sobre lo que hacen, las cosas que les gusta, te llenan la cabeza de sus hobbies.

Piden permiso para usar tu baño, pasan un pedazo de papel higiénico sobre la taza al terminar de orinar, dejan algún vello púbico en el piso.

Vuelven a la conversación, hablan de sus familias y de la infancia, registras nombres, memorizas el tono de sus voces cuando mencionan a alguien.

Entran a tu cuarto, se acuestan sobre tus sábanas, tiran toda la noche lo que los poros expulsan, dejan células muertas por la cama.

Recogen sus ropas, se les cae algún boleto de camión, algún ticket que quedará en un rincón de tu recámara.

Te escriben al día siguiente, dejan mensajes, registran sus nombres en el archivo de llamadas.

Regresan después, cocinan en tus sartenes, comen en tus platos, dejan saliva en los restos de comida. Se lavan los dientes en tu lavabo, comienzan a tener la confianza de dejar materia fecal en tu baño.

Se bañan en tu regadera, dejan cabellos tirados en el piso y vellos encarnados en el jabón, se secan el agua con tu toalla.

Tocan tus libros, doblan las hojas, ponen un separador entre las páginas a las que volverán.

Acarician a tus mascotas, conversan con ellas, las cargan, las impregnan de su humor corporal.

Se quedan a dormir, llenan la noche con sus ronquidos, despiertan juntos en la madrugada, intercambian pesadillas, dejan trozos de inconsciente sobre el tuyo.

Se marcan el cuerpo, se modifican el pH mutuamente, se amoldan a tu carne.

Y así, sin percatarte, van dejando material genético hasta en las calles por las que caminas al supermercado. También lo dejan en el mostrador de la tienda de enfrente. Saludan a tus vecinos, los vecinos registran visualmente sus extremidades.

Terminan por conocer a tu padre, le dan un apretón de manos, besan en la mejilla a tu madre, se ríen con tu hermana y con los hijos de tu hermano.

Acumulan fluidos en los condones, sacan las bolsas de la basura de tu casa, barren las células muertas de la semana, limpian lo que volverán a manchar con su ADN.

Les da gripe, les da diarrea, les da insomnio, les da ansiedad. Aprenden a compartir síntomas, a contagiarse, a llevarse juntos a las Farmacias Similares.

Por si fuera poco, alteran tus recetas de cocina, queman tus tortillas, averían o reparan algún electrodoméstico, doblan mal tu ropa o quiebran algún plato.

Además, cambian la estructura de tu coito, la forma en la que acostumbrabas a besar, el ritmo con el que apretabas tus labios vaginales.

Alimentan o frustran fantasías eróticas, añaden o perpetúan posiciones, bautizan gestos y te cambian el nombre.

Tocan el barandal de tu casa, pero lo tocan todo.

Cromosomas que tienen el poder de redirigir afectos, darles nuevas formas, mezclar signos, síntomas y emociones.

Tocan el barandal de tu casa y lo tocan todo.

Y lo que sigue es desinfectar los espacios, los muebles, las paredes, el cancel del baño, la manija de la puerta principal, los platos, la almohada, la ropa interior.

Desparasitar a tus mascotas y sanitizar la mejilla de tu madre, limpiar la mirada de los vecinos y reestructurar las fiestas en las que conversaron con tus amigos.

Lo siguiente es limpiar el disco duro, borrar el historial de música, las fotografías, los correos, los audios, los inbox.

Pasar un trapo limpio sobre el cuerpo de todos los organismos.

Tocan el barandal de mi casa, pero no sólo es eso.

Lo invaden todo.~