Lo suficiente para media compra en el supermercado

Un texto de Elisa Aceves de Ramery

 

ESTOS DÍAS SE han convertido en una masacre constante para poder encontrar un trabajo digno que pague…algo, lo suficiente para llevarse la gasolina, media compra en supermercado y el alquiler. Ir a una entrevista de trabajo es… pues no es cualquier cosa. Muchxs salen con un brazo menos, un pie menos. Hay quienes salen dudando de sus capacidades, de su bienestar mental (o lo que queda de él, cada vez más). Salen con un cosquilleo en los adentros, un miedo, unos celos, una duda constante de ser quienes son –deseando que haya un manual, o un video en alguna plataforma en Internet para tener idea acerca de cómo se deben enfrentar estas cosas–. Las entrevistas de trabajo son necesarias, pero a la vez terroríficas. Es vestirse de una forma que a veces incomoda, a veces tiesa y que provoca sentirse torpe en la propia piel, debes ser de ellxs y no ser tú. No hay fórmulas, hay tips, pero sirven de poco cuando el nervio es el que se adueña de unx. Sentarse en una silla clínica, dentro de un lugar totalmente gris, en una situación de nervios y de constante malestar hace sentir a cualquiera que no vale la pena.

Cuando unx se acaba de graduar de la carrera, termina bastante hartx. Si no es de lo mismo, es de una falacia enorme que sopesa tremendamente sobre unx. El dilema sobre lo que pasa al salir. Esto da pie a una crisis. Muchxs trabajan durante todos los años que estudian; quieren o necesitan dinero y un sentimiento de estabilidad al que luego uno se vuelve adictx. Tener algo que hacer ayudaba a que las voces en la cabeza, las que hablan todo el tiempo sobre qué tan capaz (o no) somos. Voces que cuestionan qué tan importante es que se logre el éxito, ¿de qué depende…? Por un rato, con tanta cosa qué hacer –llámese tesis, trabajos, ensayos, lecturas, o pretender hacer todo y no hacer nada– logramos mantener calladas las voces. Después, va pasando el tiempo.

Ahora, son decenas de páginas web, con miles de ofertas y ni un sólo click. Son nuevas habilidades, nuevas formas de hacer las cosas. Cosas que los que nos graduamos hoy ya no entendemos, o no nos enseñaron. Ahora, son momentos tensos e incómodos con seres queridos que, por más que insisten que los comentarios o algún chistorete «amigable» no son con el afán de presionar, se sienten como dagas chiquitas cargadas con veneno de duda. El cuestionamiento llega tan lejos como el propio nombre, a veces. La validez que tiene uno económicamente, es de lo que depende la validez del ser humano, ¿no?  El ideal fomentado de una persona capaz de hacer todo excepto cuando no tiene formas de hacerlo. Excepto cuando le falta dinero, trabajo, experiencia, facilidad para llegar, disponibilidad para viajar, o inglés al 80%. Ver hacia arriba y mantener la fe es muy complicado, sobre todo porque se batalla con el miedo a compararse ¡aunque sea sin querer! Las voces que tanto intentamos callar nunca son silenciadas. Están ahí, igual de fuertes que siempre, solo que ahora tienen cara y cuerpo. Los miedos están tan vivos que están respirando. Los conocemos tan bien que tenemos diálogos con ellos. Los compañerxs que han salido de la carrera se las han visto complicadísimo para encontrar un puesto que les agrade, les haga sentir bien, y, sobre todo, un puesto que les haga pensar que haber estudiado literatura o cualquier otra carrera que les apasionase no fue una pérdida de tiempo. Al entrar los ojos se les ven divertidos, entretenidos. Al salir cargan con ojeras y lágrimas que muchas veces no son suyas. Escoger una carrera a los 17 años (a veces menos) a muchxs les afecta. No somos los más capaces a esa edad para decidir. Si tuviera que volver a elegir una carrera, no estudiaría Letras. Me mataría estudiando para ser Ingeniera, y leería en mis tiempos libres. Tengo que comprometer mi felicidad, de hacer lo que más me gusta, con hacer algo que me genere ingresos. Pero, en fin, me estoy desviando. Esa es harina de otro costal.

Mucho han dicho acerca del berrinche de nuestra generación millenial. Mucho han dicho acerca de nosotrxs, de cómo queremos llegar a ser jefes, a tener salita de videojuegos y facilidad para salir cuando se nos antoje. Más días de vacaciones de las que nos merecemos –porque claro, trabajar como locx debe pagarse con… ¡sí! ¡Más trabajo!

Muchxs de los que estuvieron antes de nosotros la han tenido difícil, también. Y no se trata de que se quejen. A esa guerra hemos ido todxs, pero déjenme decirles que hay quienes la tiene peor que otrxs. El mundo ha cambiado y nosotrxs, la generación que viene atrás se tiene que adaptar y callarse. No sin luchar, digo yo.

Videos y estudios hay de sobra, que demuestran que la generación a la que pertenecemos quienes ahora estamos por entrar al mercado laboral la tiene más difícil que sus contrapartes pasados –los que más se quejan de nosotrxs, cabe resaltar. En EE. UU., que tristemente afecta al país donde yo vivo de una forma tremenda, los «baby boomers», la generación a la que pertenecen los que ahora son jefes de compañías transnacionales y de PYMES–, pagaban 15% menos renta que la generación millenial. Aunado a esto, el costo de la vivienda era 3 veces más barata, lo que quiere decir que los «baby boomers» en su mayoría (un 80%) son dueños de sus propias casas. Qué terrible, enorme y creciente envidia. Qué terrible, enorme y creciente miedo a no lograr lo mismo.

Siendo parte de esta generación que parece estar maldita, nos hicieron creer, desde que usábamos pañales, que podemos hacer todo lo que quisiéramos. Lo dijeron sin detenerse a pensar que los sueldos andan bajos, y los alquileres caros. Que hay mucho talento, pero no dónde aplicarlo. Que los sueños están para seguirse, pero que no nos olvidemos de lo caro que cuesta. Que las ideas que tenemos son oro, pero sólo si nos encontramos un mecenas moderno que las quiera; ahí, dejan de ser nuestras. A menos de que se tenga mucha suerte, lo normal es cometer errores, claro, pero limítate porque salen caros. Aspirar a un cambio se vale, pero olvidarse del lugar en dónde estamos (hasta abajo) no se puede. Primero, tenemos que ganarnos el lugar, el respeto, el derecho a desear una mejor vida.

¿Alguien ya se está preguntando por qué esta generación tiene tantos problemas de depresión?

El dolor y la impotencia son enormes, y se cuelan en el sueño de muchas personas que conozco y que quiero. Hay pensamientos sobre ahorros y números que me acechan por las noches, y las palabras omnipresentes de mi madre: «haz lo que te gusta».

Muchos de nosotrxs acabamos la carrera a regañadientes y casi a la de ahuevo. Y todos nos preguntamos lo mismo: ¿Qué tal si no consigo el trabajo que quiero? ¿Qué tal si termino por ser nadie? ¿Y mis planes? ¿Mis viajes? ¿Mi casa? El País, uno de los periódicos más leídos a nivel mundial, ha publicado un artículo sobre los millennials en España. Los describe como la generación entre dos mundos, y esa distinción es muy aplicable para su contraparte mexicana. Somos un grupo de gente desnorteada, realmente. El saber bien hacia dónde vamos es un lujo que no muchos nos podemos dar. En México, las competencias laborales se han vuelto cada vez más voraces, y todo se divide por privilegio. Depende casi por completo de personas que uno conoce –de menos en la experiencia de personas con las que he tenido acercamientos–. Intentar hacerse un nombre por sí mismo resulta casi imposible. Hay cada vez más personas que están terminando la preparatoria, y logrando un título universitario. ¡Qué bien! O, al menos, eso debería ser razón de júbilo para nosotrxs, nuestra generación es una de las más preparadas que ha dado México. Con la facilidad cada vez mayor de lograr un título en línea y prepararse más, uno pensaría que esta es la clave para cobrar un salario que permite ahorrar, vivir, pagar los impuestos, salir de viaje y pensar en emanciparse. La realidad, tristemente, es otra. En un país colmado de personas con estudios, que quieren trabajar y ganarse la vida, faltan oportunidades y sobra competencia. Las oportunidades que hay están peleadas con capa, espada, y cualquier otro objeto punzocortante al gusto de cada uno. Ir a entrevistas de trabajo para encontrarse con compañerxs de la carrera es una experiencia que, si las circunstancias fueran otras, sería muy agradable. Trabajar con la gente que ya se conoce sería ideal; pero, si la entrevista es para un solo puesto, la pelea será desagradable. «¿Qué tiene ellx que no tengo yo? ¿Me faltará algo? ¿Seré suficiente?»

… ¿y si la respuesta es un no rotundo? Me hace acreedora a detestar a alguien simplemente porque esa persona obtuvo un trabajo (mal pagado, etc.) que yo quería (¿necesitaba?). No realmente, pero me hace daño, y no tiene la culpa la otra persona. Si se trata de echar culpas –algo que todo el mundo parece saber hacer– viene más bien del sistema podrido en el que habitamxs y respiramxs, donde ahora, que nos cuestionamos el «deber ser» de nosotrxs en el sistema, insistiendo que algo definitivamente no está bien. Somos esa generación que en lugar de aceptar las situaciones terribles en la que se encuentra el mundo y mirarlos desde lejitos, se entromete, se preocupa, y, sobre todo, duda y pregunta.

La respuesta de las generaciones anteriores es tacharnxs de berrinchudxs, de querer llamar la atención –¡que yo sí lo quiero hacer, carajo, el mundo se está cayendo!–, de querer llegar a mandar. Pues sí, porque lo están haciendo mal, ¡miren como está el mundo! ¡Miren lo que han hecho!~