Mary

Texto e intervención: Norma Yamille Cuellar

SÓLO ESCUCHABA EL ladrido de los perros. Eran las dos de la mañana y el velador del edificio no era, precisamente, amistoso: prefería mantenerse pegado a un radio a intercambiar conmigo unas cuantas palabras.

Cuando era adolescente asistí a un funeral y me impresionó que el muerto se viera descuidado, como si a nadie le importara. Por eso, y porque nunca he temido a los muertos, nomás a los vivos, estudié un curso de maquillaje de restauración para difuntos. Tenía todo lo necesario: lápices delineadores, rubor, sombras para los ojos, lápiz labial, rímel, polvos traslúcidos… navajas de afeitar, utensilios metálicos, prótesis de ojos, cera, crema para el pelo.

Lo primero que uno hace es preguntar a los familiares si quieren que el rostro del muerto esté sonriente o serio: para lograr un rostro sonriente se le coloca al difunto una prótesis en los ojos para que le queden entreabiertos y luego una prótesis en la boca que permite a los labios brindar una imagen semejante a una sonrisa. Para obtener un rostro serio se utiliza una herramienta con alambres que cierran la boca con firmeza.

Mi debut en esta profesión fue con un muerto que tenía una herida de bala en la cara. Tuve que limpiar la herida, disimular con cera la piel faltante por el balazo y luego maquillarlo.

En fin… esa noche, la de los ladridos de los perros, me encontraba arreglando el cadáver de una señora de avanzada edad, que había sufrido un infarto. Tenía el rostro muy bello, y unos pómulos increíbles. Se llamaba Mary.

Los familiares de la señora me pidieron que le dejara el rostro serio. No batallé con el peinado, porque su pelo todavía era brillante y sedoso. Resalté sus pómulos con rubor. Su vestido preferido, que traía puesto en ese momento, era de color rojo, por lo que pinté los labios de Mary de color rosa. La barra de labial cayó al piso, y cuando me agaché para buscarla, escuché un murmullo:

—Ese color no me gusta.

Órale, a estas horas sí que empiezo a desvariar, pensé. Ya eran las 3 de la mañana, y casi podría jurar que noté una mueca de desaprobación en el rostro de la difunta. Restregué mis ojos con fuerza y salí del cuarto. Compré un refresco en la máquina de snacks y regresé a Mary. El color rosa del labial se veía demasiado pálido y la mano derecha de Mary estaba manchada de cera, como si se hubiera despintado ella sola…

—¿Entonces…? —dije en voz alta, dirigiéndome a ella, pero muy en el fondo estaba convencido de que los químicos de las sustancias con las que trabajaba me estaban haciendo un efecto extraño, o la potencia de la luz que emanaban los tubos fluorescentes.

—Ponme otro color, anda —dijo Mary, provocando que me estrellara contra una pared, del puro susto.

—¿Q-qué color quieres? —tartamudeé.

—Siempre me gustó el color Vamp, de Chanel.

—No lo tengo aquí -murmuré- una amiga mía lo tiene… tendría que salir…

La difunta, sólo con la mirada, me convenció. Fui al depa de mi amiga, le llamé para despertarla y me prestó el labial. Volví a mi lugar de trabajo sólo para percatarme de que Mary ya se había levantado y no sólo eso: ya estaba de parranda con muertos de otros cuartos, ya maquillados y listos para sus funerales. Encendieron mi radio y encontraron las botellas de whisky que mantenía escondidas (los muertos saben todo).

—¿¡Pero qué está pasando!? –exclamé.

—Es nuestra última fiesta antes de que nos entierren –dijo Mary- no te pongas pesado… ¿Trajiste el pintalabios?

—Sí —le mostré el Vamp.

—Te voy a devolver el favor, te lo prometo —dijo ella.

—No veo cómo -murmuré, derrumbándome sobre una silla.

Estaba tan cansado que sólo observé la borrachera unos minutos, antes de quedar noqueado, a causa del sueño, en una silla. Al despertar, todo estaba en orden: los muertos dejaron todo limpio y ordenado. Ya estaban todos de nuevo en las camillas. Asistí al funeral de Mary.

Y luego ya, todos los muertos que mandaban a mi estación de trabajo para maquillarlos, de repente abrían los ojos, me tocaban un brazo y decían:

—“La señora Mary me habló de ti” -bla, bla, bla- “te voy a devolver el favor, te lo prometo…”

Y armaban la pachanga. Pasaron algunos años, hasta que llegó mi momento de fallecer en la cama de un hospital. Tuve un accidente en un paseo en lancha, y mi cuerpo ya no era joven.

—Que tengas una buena fiesta —me dijo una doctora.

—¿Eh? –murmuré, entre los mareos y trámites propios de quien va a pasar al otro lado.

—Un amigo mío va a maquillarte —secó el sudor de mi frente- no te preocupes, tiene whisky del que te gusta.

—¿¡Eh!? ¿Quién eres t…?

—Soy la hija de Mary.