Los otros ochentas

Un ensayo de Cástulo Aceves

 

LA MERA MENCIÓN de la palabra «ochentas» dispara la melancolía de un gran número de personas. Una década que es recordada por su música, sus modas y varios cambios socioculturales. No pienso enumerarlos. Varias veces, durante mi juventud, fui invitado a fiestas con esta etiqueta. Amigos que solo eran un año, dos o cinco mayores que yo, asistían gustosos y, de vez en cuando, disfrazados con ropa de colores sobresalientes. En estas reuniones siempre fui un paria, hablaban de grupos de música pop, de rock o punk. No me quedaba más que guardar silencio y sonreír a todos sus comentarios. Era otro idioma. Cuando llegaba a pedirse mi opinión, no me quedaba más que sentenciar mi ignorancia declarando que esa época la pasé viviendo en una cueva. Lo cual no deja de tener algo de cierto.

¿Cómo fue mi infancia en los ochentas? Algo alejada del idílico recuerdo que tienen tantas personas de mi generación embriagados por la nostalgia. Mi familia vivía en una tranquila calle del sector libertad de Guadalajara, la vialidad Francisco Sarabia, que aún no era una avenida. Al igual que a otros niños de la cuadra, mis padres nos dejaban salir a socializar. Eran tardes de risas pletóricas, no necesariamente las mías. Nunca fui muy bueno en los deportes. Recuerdo los partidos de futbol a media calle, donde generalmente a mi me ponían de poste izquierdo. No, no estoy confundiéndolo con el basquetbol, indicaban que de mí hasta la mochila era la portería. En base a mi paciencia después pase a ser defensa, lo que no mejoraba en mucho mi disposición a recibir balonazos. Había otros juegos por supuesto, no hablaré de ellos por temor a que mi memoria los revista de tragedia.

En aquel verano de 1989 yo estaba por entrar al cuarto año de primaria. Había lloviznado por la mañana, el aire estaba fresco y los niños jugaban su partido alegres y emocionados. Gritos de emoción aquí, «pásala wey» acá, «goooool» finalmente. Aplausos, alguna niña en la banqueta mirando con coquetería temprana al delantero. Yo, por supuesto, no estaba allí. Tras la cortina cerrada, en mi cuarto, sentado a medio metro del enorme televisor sony que precisamente era de 1980, yo jugaba al Super Mario Bros. Tenía cerca de tres horas y acababa de llegar al último castillo. Mis hermanos, de seis y cinco años, estaban callados en la cama tras de mí. Avance a la escena final con apenas tiempo suficiente. Bowser, el último enemigo, me arrojó su bola de fuego. Mis dedos se movían con velocidad, pero no la suficiente: me golpeó, perdí el disfraz blanco, me volví enano. Corrí pasando bajo de él. Un pixel, un segundo apenas, un conjunto de bits que decidieron mi destino: Me mató. La canción, la pinche canción. Arroje el control enfurecido, mis hermanos corrieron pegando gritos, escapando de mi furia. Ya me conocían enojado. La calma la impuso nuestra madre que me amenazó con tirar el Nintendo a la basura. Aun tenía más de sesenta vidas. Volví a empezar el nivel, una y otra vez, hasta lograr la hazaña en medio de las porras de mis consanguíneos. Rescaté a la princesa. Hasta hoy es uno de los recuerdos más felices de mi infancia.

No es el único. Recuerdo cuando abría con emoción la caja del «Atari 2600» que nos había comprado nuestro padre. Con él pasamos tardes enteras entretenidos jugando a los «Space Invaders», «Ms. Pacman» o «Just». Curiosamente, llegamos a tener dos juegos que se volverían históricos. Por un lado, teníamos (y acabe) el «Adventure», un título que implicaba la resolución de laberintos enfrentando dragones. Este fue el primero en tener un «Huevo de pascua» (Eastern Egg), que es un truco escondido por el programador, casi siempre sin la aprobación de los dueños de la empresa. Este dato es determinante en la novela «Ready Player One» de Ernest Cline, la cual si tuvieron una niñez parecida a la mía, recomiendo para los nostálgicos. Desafortunadamente también fuimos poseedores del juego «E.T. el extraterreste», considerado el peor videojuego de la historia. Incluso existía la leyenda de que la empresa había enterrado miles de estos cartuchos en un vertedero de Nuevo México con tal de hacer creer a los accionistas que se habían agotado. Hace un par de años fueron encontrados por los productores de un documental. Después recibí una consola «Atari XT», la que más que videojuegos, permitía aprender un lenguaje de programación similar al Basic. Esto significó, a mis escasos diez años, la decisión de volverme programador. También a partir de allí fue que conocí las madrugadas despierto, codificando o, como ahora, escribiendo. Después vinieron el «Nintendo», «Game boy», «Game Gear», «Super Nintendo», «Nintendo 64» y «Play Station». Por esa época ya se había acabado mi niñez, adolescencia, y con ellas mi tiempo libre.

Siempre había un capítulo más, una salvación, un héroe que hacia lo correcto.

De la infancia rescato no solo los videojuegos, sino también las caricaturas. A diferencia de ahora, solo teníamos dos o tres canales para verlas. Las tardes las pasábamos con el canal seis local o el canal nueve y su Tío Gamboín. De nuevo la nostalgia, tiempos pasados no siempre fueron mejores. Mis hijos desconocen los comerciales, están acostumbrados a pasar el dedo por la pantalla y ver el programa que desean en el Netflix. En todo caso su problema son tantas opciones. No saben, ni sabrán, lo que era estar a cierta hora para no perderte un capitulo, o ver las series sin orden, dejando muchas veces el final como leyenda urbana.

Afortunadamente, en los últimos años he conocido cada vez más gente cuya infancia también gravitó sobre estos dos polos. Somos muchos los de esta generación que aprendimos la dureza de amar sin ser correspondido con Robotech, o lo terrible de la vida con Remy. Los que nos emocionamos al llamar el poder del Castillo de Grayskull, o invocando el Ojo de Thundera, o con los rayos fotónicos de Mazinger Z. Los que conocimos el humor con los muppets o fuimos acompañados en la vida con los Simpson. Los que supimos de ternura con la Abeja miel, de karate con las Tortugas Ninja, de espionaje con el Inspector Gadget, de vampiros con el Conde Patula, de constelaciones con los Caballeros del Zodiaco o de jugadas de futbol con los Supercampeones. Niñas, y algunos niños, hay que confesarlo, que suspiraron con Candy Candy o Heidi. Me faltan muchos, demasiados programas. Ya existen muchas páginas y artículos rondando el internet con sus propias enumeraciones. Somos legión los que al resguardo de nuestros televisores, en nuestros cuartos, ignoramos lo que sucedía allá afuera en los ochentas.

La nostalgia como desasosiego, como momento de silencio. La nostalgia que pesa, que nos hace cerrar los ojos, que lleva a creer que todo tiempo pasado fue mejor (aunque no sea verdad), que toda infancia fue grandiosa (aunque las hay horribles), que nuestra propia niñez fueron tiempos maravillosos (aunque no todos, no siempre, solo nos quedamos con lo queremos o lo que menos daño nos hace). La nostalgia como único asidero, como razón para dejarlo todo, o tal vez como la última luz en la lejanía. La tecnología y la modernidad, también, como instrumentos de nuestro fin. Hace cien años se decía que la radio acabaría con la música, hace algunos se pensaba que los ebooks terminarían con los libros. Ya hace dos décadas se decía que las caricaturas y los videojuegos creaban niños violentos, enajenados, incapaces de enfrentar la realidad. Hasta donde se nuestra generación no es más violenta que otras. No somos todos unos psicópatas, por lo menos, no por los videojuegos. Los juegos evolucionaron con tal velocidad que yo me quede atrás, pero los mundos que ahora logran son impresionantes. Es cierto, nosotros inventamos enfermedades como el mal del túnel carpiano y la obesidad se volvió un problema importante de salud. Pero asumo que esto último es debió a muchos otros factores. Ya existen códigos de edad para los videojuegos basados en la violencia que muestran. Además, es cierto, todo en exceso es malo. Sin embargo, me gusta pensar que somos una generación que aprendió a seguir adelante. Después de todo, siempre había un reto siguiente, una vida extra, nuestra princesa siempre estaba en otro castillo. Siempre había un capítulo más, una salvación, un héroe que hacia lo correcto. Aquí la melancolía como una sonrisa privada, como una canción de la infancia perdida, como el momento en que derrotaste al jefe final o un abrazo de tu padre o un beso de tu madre o, sencillamente, como una noche pacifica sin preocupaciones. Finalmente, lo acepto, caigo en la trampa de la nostalgia: En mi memoria los ochentas fueron una gran década para ser niño. Claro que como todo recuerdo, esto es posible que sea una mentira.~