Ese hueco, hasta ahora insalvable

«Hay, en algunos casos, reacciones individuales y desesperadas. Y en otros, manifestaciones de política a pie de calle excepcionales, sorprendentes y, por desgracia, únicas. De las reacciones individuales y desesperadas está la de los que han llegado al abismo sin ninguna solución». Con este ensayo, Humberto Bedolla hace visible un hueco entre pensamiento y acción respecto a la política de a pie.

 

Política es, según la RAE, la «(9. f.) actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo». Con esta definición cualquier ciudadano –por el mero hecho de serlo– participa en la política y en asuntos del Estado sin importar la envergadura del tema, pues son asuntos públicos, y hay más: directamente le afectan. Pero la realidad no es así, las personas, ni en lo individual ni en lo colectivo, reaccionan a las manipulaciones y malos manejos que los políticos realizan de los recursos de la comunidad. En muchas ocasiones, sin importar si es en México, España, Estados Unidos o Argentina, la mentira y la corrupción política quedan al descubierto y peor aún, el cinismo con que el político acepta e intenta minimizar estas situaciones raya lo obsceno y, sin embargo, queda impune. Los engaños,  las acciones opuestas a las promesas electorales, el tráfico de influencias, el perjurio y la corrupción –entre muchas otras actividades– suelen estar a la orden del día, y los ciudadanos no reaccionan, no reivindican y, mucho menos, existe una revolución (léase agitación) de las conciencias o una reclamación de lo que es de todos. Si todos conocemos a los culpables, si creemos que existe un gobierno, o una justicia, que debería actuar de oficio, por ejemplo, contra los culpables de la crisis actual, contra manipulaciones informativas que van en contra del bien general o en la búsqueda de un Estado que vea por y para la sociedad, ¿por qué los ciudadanos no lo reclaman?

Existe un principio básico de la física, que aplica a las fuerza (de cualquier tipo), que dice que «a toda acción hay una reacción». Pero se puede ver que ante hechos, cada vez más comunes, de los políticos (engaños, perjurio, corrupción,…) no hay reacción. Al menos la reacción política de la sociedad no existe. O existe como un amortiguador, es decir, que son las personas quienes soportan la carga de la acción ejercida, de las malas acciones ejercidas. Y son los propios ciudadanos, que como amortiguadores, atenúan la fuerza, al parecer, sin importar las consecuencias. Apatía política en general. ¿Qué es lo que sucede para que las personas sean apáticas en cuestiones políticas? ¿Cuántas veces no hemos escuchado «yo no voto» o «si no hago nada es porque no sirve»? Y todos pensamos: alguien debería hacer algo, revelarse contra los malos políticos. Así pues, existe un pequeño espacio entre el deseo de este pensamiento y nuestras acciones, que es qué alguien debería hacerlo.

Hay, en algunos casos, reacciones individuales y desesperadas. Y en otros, manifestaciones de política a pie de calle excepcionales, sorprendentes y, por desgracia, únicas. De las reacciones individuales y desesperadas está la de los que han llegado al abismo sin ninguna solución: el suicidio. Es un hecho significativo que un suicidio, el de [Mohamed] Bouazizi, fuera el detonante de las múltiples revueltas de la Primavera Árabe. La población salió a reclamar a  Zine [el Abidine Ben Ali] por el incumplimiento de sus promesas para los jóvenes, en una «ciudad olvidada del Túnez profundo, carente de infraestructuras y golpeada por el paro» [1]. Después tuvo lugar el suicidio, en una plaza publica, de un jubilado que desató la ira en Grecia. La nota que guardó en uno de los bolsillos de su chaqueta dice: «Creo que los jóvenes sin futuro algún día cogerán las armas y en la plaza […] colgarán a los que traicionaron a la nación. [El Gobierno es el responsable de] aniquilar cualquier esperanza de supervivencia. […] Soy jubilado. No puedo vivir en estas condiciones. Me niego a buscar comida en la basura. Por eso he decidido poner fin a mi vida» [2]. En Grecia ha habido 1.725 suicidios en los dos últimos años. Y en Italia «cada día [en el 2012] un pequeño empresario y un trabajador se quitan la vida agobiados por las deudas y la falta de expectativa para superar las dificultades» [3]. Otra reacción desesperada es un alzamiento armado. En este sentido la Primavera Árabe fue una explosión en las sociedades bajo dictaduras en las que no había las condiciones para que los ciudadanos pudieran participar en la política, y la única forma posible fue la respuesta armada: una revolución, que deja de ser una participación para pasar a ser una lucha, en muchos casos, de supervivencia. En los levantamientos armados, al igual que los suicidios, se ha pasado un límite que no se debería pasar [4]. Sin duda estás reacciones se deben a que ya no hay nada que perder. Atentar contra la propia vida o levantarse en armas es mejor que la situación que se vive. Se perdió la oportunidad de prevenir, y toca una dramática cura. Se ejerció de amortiguador durante mucho tiempo. Es el espacio entre lo que algunos hacen y lo que todos deberíamos hacer.

Sin duda, es mejor prevenir que curar. Y se debe dejar de trabajar como un amortiguador ante la acción ejercida por parte de los políticos. Se debe hacer algo. En un país que tiene mecanismos democráticos que facilitan la participación, más allá del nivel cultural y político de las personas, ¿por qué lo normal es ver personas apáticas? ¿Por qué preferir ir al pueblo a pasar el día en vez de votar?, ¿por qué no reclamar el cumplimiento de las promesas electorales?, ¿por qué no atender a una huelga general?, ¿hasta dónde confiar en los sindicatos?, ¿por qué no se atienden a los movimientos y grupos civiles (Ongs) cada vez más profesionales y con creciente prestigio en su funcionamiento?  En España se cumple un año del inicio del movimiento del 15M –qué sorprendió por espontáneo y por una marcada conciencia política de ciudadanos fuera de la política profesional– y puso de manifiesto que la política no solo se ejerce en las instituciones sino también en la calle. Le siguieron las protestas en muchos lugares del mundo de las que sobresale el movimiento de Occupy Wall Street. Ahora parece que hay un movimiento similar en México (#Yosoy132. Ya hubo otro hace un año en el que población protestó contra la violencia derivada de la guerra contra el narcotráfico). Estos movimientos sorprenden y dan esperanza. Pero no todos participan, ni en España ni en el resto de los países. Sin duda el individualismo, el ver por uno, el «mientras a mi no me afecte» es más poderoso. ¿Donde está esta participación?

Bouazizi, el jubilado griego y todos los otros que se han suicidado, han preferido ejercer una violencia contra ellos mismos que no podemos ignorar. Las razones por lo que lo han hecho han sido muy claras: es el sistema social, político y económico el que los ha presionado; y ha sido tal la presión, que no han encontrado una mejor salida que quitarse la vida. Por un momento pónganse en los pies de estas personas y traten de sentir el nivel de  desesperación que deben de tener para tomar una decisión de esta magnitud. Algunos, seguramente, pensaran que fueron cobardes, que lo que toca es aguantar. Muchos otros se sentirán, efectivamente, tocados, indignados, y asumirán su parte de culpa. Los más mostraron y mostraran indiferencia. ¿A qué grupo pertenece el lector…? Por eso hablamos de esto: ¿cómo evitar estas situaciones? Existe una conexión entre la apatía política que hay en la sociedad (cualquiera que se mire) y los suicidios de ciudadanos en distintos países y sistemas sociales después de sentirse excluidos, ¿y qué ha hecho la sociedad? ¿Cómo asimilar esa culpa de la que somos parte? Está claro que el pequeño espacio del que hablamos antes se ha vuelto insalvable.

Hace poco escuché una anécdota sobre Octavio Paz, en la que el historiador y escritor Enrique Krauze decía que Paz vivió en sus últimos años en una ambigüedad: era un demócrata convencido, y por lo tanto no apoyaba la lucha armada, pero también era un revolucionario, y hasta el final de sus días esa llama nunca se extinguió. Esta ambigüedad, que parece que incomodó a Paz en sus últimos días, es común en aquellas personas que sin querer llegar al extremo de una revolución quieren hacer algo, y no saben muy bien qué: los indecisos. Otro tipo de apatía política. Creo que no es incompatible ser demócrata y ser revolucionario, se puede ser lo que yo llamo, un «demócrata con R», apostar por la democracia potenciando las Rs. A saber: Reclamar, Reivindicar, hacer Revueltas y por último Revolucionar. Dos personas, a quienes tengo en alto aprecio intelectual, me han hecho ver que cuando no se puede con las primeras hay que usar la última. Ser revolucionario es y será la única forma de lograr de los cambios (no hablamos de revolución armada, aunque tampoco se debe descartar cuando se llega a ciertos límites, recordemos de nuevo la Primavera Árabe). No queremos llegar a extremos violentos, por lo que hay que hacer algo (¿ve como afecta la apatía?). Para que haya distintos resultados debe haber cambios. El cambio de la sociedad, de la comunidad en la que vivimos, comienza con un cambio individual. No estoy promoviendo la revolución armada, sí promuevo que se sea revolucionario, léase: alborotador, turbulento con sentido. Un cambio en nosotros que provoque un cambio el sistema. Cambios con un objetivo: que reclamemos a quienes han atentado contra la sociedad (la manipulación informativa o las acciones que han originado esta crisis mundial, estoy seguro que pronto habrá una tesis y pruebas de que la crisis mundial son crímenes de lesa humanidad). Que se reivindiquen los derechos sociales que ahora se tienen, que no se quiten a nadie, menos con argumentos para la economía. El individualismo nos hace mirar por  uno mismo cuando la fuerza es el colectivo. Tampoco se pide  comunismo, es tan utópico e imposible como pensar que el libre mercado es la solución. Se pide que se sea solidario, y reivindicar significar ser solidario. Debe dominar el principio de solidaridad para que el Estado sea social, un Estado de bienestar. Debemos señalar y desterrar el individualismo de los que dicen «mientras a mí no me afecte» porque les afecta. Pensar que no les afecta y no hacer nada es un error. Tienen trabajo. Tienen pensión, medios y alguien que los apoya, pero recordemos que en todos lados hay un jubilado, y debemos temer que no encuentre soluciones, que escriba una nota y la guarde en el bolsillo de su chaqueta mientras busca en una plaza publica porque, está visto, que el suicidio suele ser una solución. Por lo que ese hueco, hasta ahora insalvable, entre el común de nuestro pensamiento se debe cubrir. Debemos pasar del alguien al nosotros.~

 

Referencias:
[*] http://vozed.org/?search-class=DB_CustomSearch_Widget-db_customsearch_widget&widget_number=2&cs-issue-0=4.02&search=Search
[1] http://internacional.elpais.com/internacional/2012/04/04/actualidad/1333558604_962099.html
[2] http://elpais.com/diario/2011/12/18/internacional/1324162811_850215.html
[3] http://internacional.elpais.com/internacional/2012/04/21/actualidad/1335028608_277635.html
[4] Discutir si una levantamiento armado es legitimo o no es tema de otros muchos textos, pero no se puede negar que llegar a este punto es un punto en extremo complejo y dramático para cualquier sociedad  al que no se debería llegar.