El gran proceso creativo, aplicaciones sexuales

El autor nos habla de El Gran Proceso Creativo y sus aplicaciones sexuales.

 

UN AMIGO ME contó que los grandes genios de las artes tuvieron sus momentos más creativos cuando estaban solteros. “Y eso”, pregunté. “Porque siendo buenos en lo que hacían, era su forma de mostrarse a la plaza.” “¿Mostrarse a la plaza…?”, pregunté de nuevo. “Sí, mostrarse a la plaza, al mundo y, principalmente, a quien se quieren tirar”, contestó. Así pues, podríamos decir que los momentos de creatividad están impulsados (que no originados) por la necesidad de ligar.

No podemos negar que ligar, el hecho de acercarse a alguien para establecer un sofisticado intercambio de cargas eléctricas y tensión, requiere mucho de creativo. Tanto es así que es una habilidad que hay que aprender, que por desgracia no se enseña en los primeros años de vida y que se echa ya en falta en el primer año de primaria, primer momento en el que nos damos cuenta de que ya lo necesitamos ―¿o ahora van a negar que no se enamoraron de su profesora de primero o del coordinador de los maestros?―. Y no entiendo por qué. Si se nos enseña a ir al baño para utilizar el inodoro apenas aprendemos a  caminar, por qué no se nos enseña a acercarnos al objeto de nuestros deseos. Y aquí hay un hecho importante, esto se aprende. Sí, se puede aprender a ligar. Mientras estoy revisando estas ideas para contároslas leo un párrafo en el muro de Édgar Adrián Mora ―un gran escritor y mejor lector― que es de una novela que recién se ha publicado: “Es decir, si te gusta alguien y resulta que tú también le gustas, ¿no sería todo mucho mejor si pudieran hablarlo y llegar a algún tipo de acuerdo? Por ejemplo: “¿Qué tal si nos vemos todos los sábados para darnos nuestros besos?”, “Ah, pues me parece muy bien”, y ya está. Y si no se puede encontrar una opción que les guste a ambos, bueno, no se arma y ya, tan amigos. Pero eso de que una persona te deje de hablar porque ya se enteró de que te gusta, o que tengas que esperarte tres meses para dar un beso que los dos quieren porque si no te van a acusar de fácil, es horrible”. (Raquel Castro, OJOS LLENOS DE SOMBRA). ¡Exacto! ¿No es más fácil reconocer que dos se gustan, o sino, que al menos uno le gusta al otro sin que se tenga que armar un gran circo por medio?

Ya he contado y escrito en otras ocasiones sobre esto del ligoteo. Y no es que esté obsesionado, no soy un experto ni mucho menos, pero es que en cualquier conversación, sin importar el estado civil o la necesidad de tener sexo (que no podemos negar, se nota a leguas), el tema de ligar y la atracción entre unos y otros siempre sale a relucir. Habrá los que piensen: “lógico, es un tema universal”. Sí, lo es, también lo es el amor o la muerte y no nos pasamos hablando de como alguien está muriendo o murió, tampoco estamos siempre hablando de amor, pero sí de ligar. El ligoteo es “entablar relaciones amorosas o sexuales pasajeras” y, aparte de las habilidades de cada uno, dependiendo de la sociedad se es más fácil o más difícil; el fin último es diferente pero a corto plazo es el mismo. En una sociedad más abierta, más hedonista o más liberal, el ligoteo no tiene como fin último casarse y tener hijos. De hecho, hemos visto en otras ocasiones (“Sexo, con alcohol y rock: artilugios para una fuga”, vozed, 2012) que, ya sea por la forma de vida que tiende a ser hedonista y donde predomina el placer sobre las responsabilidades, se ha potenciado el erotismo, sublimando el sexo al placer y no a la procreación. Por el contrario, en una sociedad más cerrada, por ejemplo la latinoamericana, es mucho más difícil ligar solo para el sexo, sino que la pareja tiene inculcado en el incosnciente la procreación. Y no hablemos de las sociedades islamistas.

Lo más normal, lo de la gente normal, es aprender a ligar. Y aquí, repito, lo de aprender. Un alto porcentaje en el éxito de ligar no es exclusivo para los guapos, ricos o famosos. Tampoco es don divino que no se nos dio y que tengamos que resignarnos. Por aquello mismo de que somos normales, es decir, como cualquier hijo del vecino que tiene su trabajo y que no es un genio, un futbolista o un heredero de Slim.

Hasta aquí nada nuevo. Pero a mí, lo que me llama la atención es lo de ligar. El éxito de esta empresa. Como toda actividad humana, primero, depende de dos (o más) –la contraparte a quien se quiere ligar– y, segundo, hay algunas personas que lo hacen muy bien y otras que no tienen ni puta idea de como hacerlo. El premio de ligar está, por no meter mucha presión, en tener una cita a solas. El resto vendrá solo, o no. Pero supongamos que todo el mundo es lo bastante listo como para querer ligar buscando como premio una cita y no de buenas a primeras casarse o irse directamente a la cama. ¿Qué es lo que se tiene que hacer para ligar? ¡Esta es la cuestión!

¿Qué es lo que se tiene que hacer para ligar con éxito? Recuerdo que pregunté esto a mi madre. Sí, no me pregunten por qué pero pregunté esto a mi madre cuando tenía unos 14 años o algo así y las hormonas comenzaban expresarse en las sábanas de la cama, y ella contestó:

—Tienes que ser tú mismo. Habla de ti.
—¿Y cómo carajo voy a hablar de mí si no la conozco?

Creo que todo el mundo da por hecho que lo difícil en el proceso de ligar es mantener el interés, pero yo creo que lo más difícil es el primer momento. Lo que en ventas llaman el “momento de la verdad”. El instante, solo un instante, en el que el otro decide si darte entrada o no.

A lo largo de mi vida social me he dedicado a estudiar –con una cerveza en la mano, claro está– como ligan los otros. Les pregunto a mis amigos e insisto en que me cuenten sus técnicas. Ya conté algo en un pequeño texto de hace años, “Los cavernícolas han cambiado” (vozed, 2006), en que le comento a una amiga que, hoy en día, la representación del macho alfa se hace a partir de la palabra y del ingenio para mantener una conversación. En esa conversación mi amiga me decía que hacía falta más, que el ingrediente principal era tener seguridad en uno mismo, y eso, concluía ella, se nota a leguas. En aquel texto dejamos muy claro que los guapitos llevan ventaja, tienen que trabajar menos, siempre ha sido así, en cambio los feos “sabemos que lo somos [y] nos toca a remar más y más, pero remar”. Esto es, que hoy en día los feos también pillamos cacho. Pero hay que trabajárselo. No hay tantos Pitts y Clooneys ni tantas ángeles de Victoria’s Secret que lo único que tengan que hacer sea mirar de reojo para tener la cita. Lo único que tenemos en común (casi, hay excepciones) todos los hombres y mujeres del mundo es que queremos pillar cacho. Bien, ¿cómo?, no hemos avanzado: ¿qué es lo que se tiene que hacer para ligar con éxito? Independientemente de que uno sea guapo o feo, hoy en día la clave está en la conversación, y es aquí donde me doy cuenta de que para romper la barrera principal, justo cuando llega “el momento de la verdad”, los que triunfan son los que tienen creatividad. Así pues, ligar es un proceso creativo más, como escribir, buscar una solución a un problema de ingeniería, resolver un problema de matemáticas o pintar un cuadro. De hecho, según lo hemos visto, es EL PROCESO CREATIVO.

No todos escriben o son ingenieros pero todos queremos en algún momento de la vida tener una cita con alguien. Y para hacerlo hay que ser creativos, así pues, debería existir un premio que reconozca año con año al que mejor liga. En el universo del ligue hay técnicas y procesos, dialéctica, mundos creados y tramas y subtramas inventadas con el fin de tener una cita.

Las formas para ligar son muchas, tantas como personas, pero se pueden agrupar. Una opción sería ser el mejor en lo que se hace. Ya lo comenté al inicio, los genios son creativos porque –inconsciente y conscientemente– quieren pillar cacho, y tanta creatividad tiene su recompensa. ¿A usted le parece normal que un tipo que solo sabe relacionarse con el mundo a través de las palabras –piense en el escritor que quiera– tenga igual o más admiradoras que Brad Pitt? No me va a negar que un alto porcentaje de escritores somos feos, muy feos (hablo solo en el sexo masculino, que en el femenino he visto muchas escritoras guapas). Alguno normalito habrá, sí, pero la mayoría… los buenos, los creativos, los que inventan cuentos y novelas que gustan a la gente, esos pillan. Los feos y malos, no. Sobresalir en lo que uno hace es visto con buenos ojos, facilita el ligue. Otro ejemplo: los futbolistas. No solo pelean con los escritores en las desproporciones físicas y grandes dosis de fealdad. Un futbolista que sale en la televisión o que recibe un premio por un gol importante, da igual que tenga los dientes torcidos, tiene a su lado a una chica cuya proporción en ratios  estéticos es inversamente proporcional a la de él. Pero da igual, todos los futbolistas tienen el pibón al lado. Aquí no estamos diciendo que sean buena gente o no, o que merezcan ser queridos o no (seguramente sí, como todos, tienen su corazoncito), sino hablamos de como ellos lograron agendarse a la chica más de dos citas seguidas. Los futbolistas, como los escritores, son atractivos. Realizan hazañas que la gente admira. Ese es un camino.

El otro es ser solvente económicamente. “Dinero mata carita”. No hay mucho más que agregar.

Y si no, o más normal, una tercera categoría, lo de la gente normal, es aprender a ligar. Y aquí, repito, lo de aprender. Un alto porcentaje en el éxito de ligar no es exclusivo para los guapos, ricos o famosos. Tampoco es don divino que no se nos dio y que tengamos que resignarnos. Por aquello mismo de que somos normales, es decir, como cualquier hijo del vecino que tiene su trabajo y que no es un genio, un futbolista o un heredero de Slim; no solemos tener un escaparate donde mostrarnos. No hay un altavoz que diga al mundo las hazañas que hacemos, porque estás hazañas son cotidianas. Que uno soporte estoicamente el tráfico para llegar a casa es una hazaña sí, pero todos la realizamos.

Así que no queda otra que ligar; aprender.

Y vuelvo a mis estudios. Todo el mundo ha visto al que tiene por práctica ser atento, servicial, va y viene, y lo lleva hasta las últimas consecuencias: se vuelve un semi-esclavo. Funciona, sí, funciona. También está el que habla y habla y habla sin esperar a que le contesten si no, se acerca a otra, si no a otra más. Es aquella persona (hombre o mujer) de la que rehúyen en la oficina porque resulta también algo fácil de mano, un pulpo. Es a quien le da igual, trabaja por fuerza bruta –si hay cien chicas en el bar, les hablará a todas, y alguna caerá–. Y está quien usa un poco la cabeza: que se acerca a esa otra persona que le gusta e intenta tener una conversación. Ya, sí, bien… ¿y qué carajo le dices?

—Tiene que ser algo gracioso —me dijo un amigo una vez.
—Ah, ¿sí? Yo pensaba que mejor algo interesante.
—No, no. Eso no sirve. No puedes llegar a ligar con algo interesante. Te mandan a la mierda. Se te va el bote a pique y remas para nada. No. Debe ser algo gracioso.
—¿Seguro? —pregunté mosqueado.
—Sí, mira, si llegas con la chica  y le dices algo cultureta: “Hola, ¿qué tal?, oye fíjate que estoy preocupado por la salud del Papa”, te manda a la mierda. No, tiene que ser algo gracioso.

Claro, ahí el problema, para ligar la creatividad debe ir orientada a hacer reír a quien tienes enfrente.

Hay intentos para facilitar este momento. En las plazas de los pueblos de Bolivia los jóvenes solteros se ponen ciertas prendas, un bombín los hombres y las mujeres un vestido especial, hechos por ellas mismas que facilita identificarse. Pero igual, si uno lleva un bombín se acerca y… hay que ser gracioso. O están las páginas de contacto, y funcionan (créanmelo), funcionan. Estas sí eliminan el primer contacto, y es fácil encontrar dos que han quedado para conocerse en un bar porque son –en principio– compatibles: con estudios, les gusta el cine, son agnósticos, se consideran buenos, socialdemócratas y fueron a la última manifestación contra los recortes del gobierno. Esto es lo más fácil y lo más parecido a lo que propone Raquel Castro en el párrafo que nos facilitó Édgar. Sí, es algo artificial pero funciona. Bien, pero el objetivo sigue siendo el mismo, en este caso en vez de una primera lo que se quiere es una segunda cita, y eso –creo, más bien, insisto– mis estudios demuestran que solo se logra con gracia. Es decir, con algo, o mucho, de creatividad.

Así pues, no importa que seas normalito, jugador de una liga de barrio o escribas más bien mal, enfoca tu creatividad en algo gracioso, que seguro alguien se ríe.~