EL CASTILLO DE IF: Una telaraña de historias mórbidas

Un texto de Édgar Adrián Mora

 

LA SOMBRA QUE dibuja el Romanticismo en la historia de la literatura es larga y multiforme. Se prolonga en la obra de escritores contemporáneos que continúan siendo atraídos por los temas y los ambientes que esta corriente enarboló desde finales del siglo XVIII. En cierta manera, y en abusiva analogía, podemos concebir el espíritu romántico como una etapa entre la pubertad y la adolescencia de la vida de la literatura. Está ahí el riesgo, la predilección por los ambientes oscuros, la atracción inexplicable por la muerte, el ejercicio de la curiosidad con respecto de lo mórbido, la vivencia del amor trágico, la recuperación de la mitología y la tradición legendaria del medioevo.

Pero si hay algo que sobrevive del Romanticismo es la libertad imaginativa. La posibilidad de concebir mundos e historias alejados, opuestos incluso, de aquello que denominamos “lo real” o “lo posible”. Esa posibilidad de la imaginación liberada se extendió en las vanguardias que sucedieron a la época dorada del realismo a principios del siglo XX. Movimientos como el surrealismo, que tomaron entre su materia prima a los sueños y el inconsciente; el expresionismo, con su propuesta de deformar la realidad y asumir la estética de la fealdad como principio; el creacionismo, con su osadía de pensar a los creadores como dioses que podían generar mundos completos sin depender, siquiera, del lenguaje existente.

Temas [que] van desde la muerte y los sueños (mejor: las pesadillas), hasta el crimen, la tortura, la posibilidad creadora del lenguaje, lo ultraterreno, lo monstruoso

Esa influencia del Romanticismo se extiende más allá de las vanguardias. Llega a lo contemporáneo montada en la posibilidad de difusión que los nuevos mass media ofrecen. El cine, los cómics, las series televisivas, la literatura como saga; todos son campos en los  cuales las temáticas románticas siguen alimentando a la cultura popular y a la sociedad de consumo. Aunque, a veces, ocurre que esa sombra aparece de manera más o menos diáfana y sin el filtro descafeinador de la homogeneización de sus propuestas.

Todas estas ideas acudieron a mi mente cuando terminé de leer la ópera prima de Lola Ancira, Tusitala de óbitos. El título en sí es un acertijo que invita a la reflexión. Tusitala es, al mismo tiempo, una araña que no se desplaza como lo hacen sus congéneres sino de una manera distinta: a saltos; y, por otro lado, designa a una voz lingüística de la Polinesia con la cual se define a las personas que se dedican a contar historias. Óbito, por su parte, es un cultismo para referirse a la idea de la muerte, al momento justo cuando ésta llega. El libro es, así, una red de historias tejidas en torno a cierto impulso tanático, tanto en los ambientes como en las imágenes que evoca.

En la narrativa de Ancira está presente la influencia de Poe, de Lovecraft, quizá de Stevenson; pero su poética también abreva de Gaiman, de Ligotti, de Amparo Dávila, de Huidobro, de Borges. Muchas de esas referencias son manifiestas a partir del conjunto de epígrafes que la autora elige para comenzar varios de los cuentos, pero otras se sospechan o son intuidas a partir de los personajes, los temas y los ambientes que contienen los relatos.

Esos temas van desde la muerte y los sueños (mejor: las pesadillas), hasta el crimen, la tortura, la posibilidad creadora del lenguaje, lo ultraterreno, lo monstruoso. Los personajes son susceptibles de describirse no por su aspecto físico y tangible, sino por las ideas que encarnan; hay fantasmas, ángeles, asesinos, conciencias flotantes, personalidades intercambiables, cabezas vivas sin cuerpo, superhéroes, seres mitológicos, monstruos, palabras que son en sí mismas protagonistas de lo que se relata.

Hay en estas historias un barroquismo en el uso del lenguaje que exige del lector un cierto grado de atención y de posibilidades de explorar en su conocimiento y, también, en su ignorancia. Palabras poco usuales, por hiperespecializadas o por caídas en desuso, dibujan caminos sinuosos que, en conjunto, conforman un laberinto que es, al mismo tiempo, juego y desafío.

Es el lenguaje, un poco en la línea de los creacionistas, la principal apuesta que Ancira hace. En esa combinación entre palabras e imaginación se funda la poética de una escritora que se encuentra en el margen de las tendencias actuales a partir de la originalidad extraña (en términos, p. e., del trabajo de Amparo Dávila) que su trabajo representa. De insistir en esos caminos, podemos esperar agradables sorpresas en el futuro. Quede este fragmento de “Legado” como muestra de lo que el volumen contiene:

[Las palabras] Como todo ser vivo,  si no reciben la atención necesaria, comenzarás a ver los cadáveres por doquier. Te advierto que los exoesqueletos de las palabras son más terribles y su olor es más penetrante que el de un mórbido cadáver animal con días de descomposición. Y de ser este el caso, tendrás sus ecos a modo de espectros, repitiéndose cada que lo crean pertinente o que presientan en ti el olvido. Pero descuida, si las puedes mantener vivas, no tendrás de qué preocuparte.

Una forma de mantener vivas a esas palabras es leyéndolas. Los invito a hacerlo.~

 

Lola Ancira, Tusitala de óbitos, Zacatecas, Pictographia/ Conaculta/ Inba, 2013.

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