Preparativos para el viaje

Un cuento de Jorge Jaramillo Villarruel

A Guy de Maupassant

EL SEÑOR LUIS Sierra no dejó de ser un hombre gris hasta sus últimos días. Desde joven, comenzó a trabajar para el PRI de la ciudad de México, donde permaneció en el mismo puesto, asistente personal del Secretario de Propaganda, durante doce años antes de atreverse siquiera a pensar en un acenso y un merecido aumento (la remuneración afectuosa, no era suficiente, tal vez porque sus superiores no le tenían suficiente afecto; aunque tenía que reconocer que aquella vez que las palancas de su jefe directo lo sacaron del ministerio público por caminar toda la noche para ahorrarse el taxi, se sintió muy agradecido); previamente, había tenido el puesto de conserje durante poco más de cuatro años, aunque cada dos o tres años recibía un aumento como indica la ley, éste siempre fue proporcional y no representaba ningún avance económico. La inflación rebasaba por mucho esos pequeños aumentos.

En 1988, el crecimiento económico del partido al que dedicaba su vida, y sobre todo la llegada de Gabriela, la nueva recepcionista en las oficinas del Secretario, lo convencieron de solicitar el tan merecido, según él mismo, aumento a su salario.

Como reconocimiento a una década (en realidad era más de una década pero no se atrevió a corregir a su jefe), un aumento del 20% sobre su salario neto, fue aprobado para el licenciado Luis Sierra (tampoco era licenciado, pero consideró que era mejor no corregir al Secretario).

Gabriela rechazó la segunda invitación del señor Luis Sierra para ir al cine. ¿La primera cita había sido un fracaso? ¿Luis Sierra no tenía tema de conversación además de “el trabajo esto, el trabajo lo otro, el Secretario aquello”?

—Ponte en forma —le recomendó Gutiérrez—. Esas viejas se cotizan, ponte más mamá Dolores y verás qué rapidito te las da.

Gutiérrez, el todas mías de la oficina, el de la abrumadora mediocridad y sebosa cabellera, el de la piel resplandeciente de tanta Nivea, le recomendó algunos deportes para mejorar su condición física. Luis Sierra, que tenía 41 años, no servía para el futbol, para el basquetbol ni para el beisbol. Probó con el boxeo pero no le quedaron ganas de regresar pues nunca fue muy afecto a ver estrellas. Andar en bicicleta le parecía muy infantil, correr le parecía muy estúpido. ¿Y cómo iba a conservar la dignidad un hombre que se desnuda en público?

Gabriela rechazó la segunda invitación del señor Luis Sierra para ir al cine. ¿La primera cita había sido un fracaso?

—¿Tampoco la natación?
—Tampoco.

Hacía tiempo que Gabriela se había vuelto la amante en turno del Secretario. Encontrar el deporte más adecuado ya no era una condición para invitarla otra vez, se había vuelto una simple obsesión y Luis Sierra no estaría tranquilo hasta dar con éste.

Cuando el nuevo y lustroso Presidente tomó su sitio en la Silla, llegaron los nuevos contratos. Luis Sierra recibió el suyo pero había una condición inesperada: exámenes médicos rigurosos. En el centro de salud le dijeron que debía bajar de peso y buscar una actividad física adecuada, para evitar la obesidad causada por un trabajo demandante que requería de estar sentado sin hacer nada durante todo el día.

—Además —dijo el doctor, señalando su expediente—, su padre sufrió diabetes, lo que lo hace a usted más propenso a desarrollar la misma enfermedad. Y también hay que hacer algo con esos hongos de las uñas.

Estas noticias no sólo alarmaron a nuestro héroe, también lo motivaron a seguir buscando, ahora con más ahínco, el deporte perfecto para él, así tuviera que probarlos todos.

En las semanas siguientes, quedaron descartados el frontón, el tenis, el volibol y el tochito llanero. Ir en busca de más y más espacios deportivos le enseñó algo: “entre más camino, menos me canso cuando voy de un lugar a otro”. Esto no sólo evidenciaba a todo el mundo su poco ingenio, que le imposibilitaba siquiera tener la idea de comprarse un auto, también le hizo darse cuenta de algo muy importante.

—Caminar.
—¿Caminar?
—Sí, con los pies.

No lo podía creer, Luis Sierra lo había encontrado. Caminar era su deporte. ¿Cómo no lo había visto antes? ¿Cómo no se le había ocurrido hasta ahora?

Aquella misma tarde, se paseó por los negocios de equipo deportivo en busca de los zapatos más adecuados para su nueva actividad. Sólo miraba las etiquetas sin preguntar; cuando llegara la quincena, compraría todo lo necesario. Unos buenos zapatos, un pantalón cómodo y una chamarra ligera. Por ahora, bastaba con reconocer el terreno y comparar precios.

Resolvió que no sólo se trataba de caminar: Si iba a hacerlo, lo haría bien. Recorrería toda la ciudad a pie. Visitaría los puntos más importantes de su historia, las plazas más famosas, los parques más bonitos, las calles con más leyendas, los paseos más adoquinados. En suma, se haría un caminante profesional. Iría al centro y a la periferia. A las colonias más apartadas (necesitaría botas altas para el lodo). A los museos más representativos. A Chapultepec. Y a las pirámides.

—No están en la ciudad —le explicaron.
—De todos modos voy a ir.

Y llegó el día tan ansiado. De forma impulsiva, se gastó la quincena. ¡Pero se veía muy bien! Ese traje deportivo de un rojo vivo lo hacía ver más atlético, tuvo que reconocerlo al asomarse al espejo en el probador.

—¿Necesita botas para escalar? —le preguntó el vendedor al reconocer la clase de hombre que era Luis Sierra.

Por supuesto que se dejó convencer. Esas botas con picos de metal en la suela se veían imponentes, todos lo mirarían con temor y respeto, era lo que realmente necesitaba en su vida. A falta de orgullo. Se las probó, ¡sí que lucían en sus pies! Aunque era difícil caminar con ellas en el suelo pulido, y el vendedor tuvo que sostenerlo del brazo para que no cayera.

—Desde luego —le dijo el vendedor en tono aclaratorio—, estas botas son especiales para terreno montañoso.

Mario pagó y se marchó con bolsas y cajas bajo el brazo. Al verse solo en casa, se sintió ansioso por estrenar su recién adquirido equipo de viajero, su recién descubierto sentido de la aventura. Se durmió tarde por quedarse admirando su aspecto en el espejo y haciendo planes en su mente.

El domingo sería su primera excursión, iría al cerro del Ajusco. Se ajustó la chamarra sobre una playera gris sin mangas, incluso se había comprado un paliacate negro con una calavera blanca para usarlo en la frente, y se lo puso sin dificultad (había practicado toda la semana). Se le ocurrió que debía comprar una chamarra negra, de cuero o mezclilla. La próxima quincena será. Se puso las botas de alpinismo por el puro gozo que le causaba tenerlas puestas. El metal de las botas entró en contacto con la losa resbaladiza.

El miércoles por la tarde, lo encontró Gutiérrez. Al darse cuenta de que había faltado al trabajo tres días seguidos, decidió ir a buscarlo a su casa. Ni Gabriela ni el Secretario asistieron a su funeral; la casera lavó el suelo y puso el cuartito en alquiler, pero no consiguió hacer salir la sangre de la esquina de la mesa. Dos semanas más tarde, en la oficina ya nadie hablaba de Luis Sierra.~