Pánico práctico

Desnudarse para desnudarla. Un cuento de Gabriel Vázquez G. /fotografía de José Manuel Romera

 

LE DIGO A M que la amo y se me queda viendo con sus ojos de koala. No dice nada. Muchas mujeres nunca dicen nada cuando alguien les declara su amor. Es una mala señal, supongo. Su novio me mira. Carajo, es una pésima idea decirle a una mujer que la amas cuando su novio está pidiendo un par de cervezas a su lado. Ahora lo sé.

Todo sería más fácil y divertido si M saliera, alguna vez, sola. Yo podría aprovechar esa ocasión, pero siempre está con él y hoy yo estoy más ebrio que ayer.

La bartender me pregunta si quiero algo y me dan ganas de decirle que sí, que quiero besar a M lleno de esperanza y arruinar su mundo, pero M tiene novio. Señalo la cerveza y me da una más, sonriendo. Es la única sonrisa que recibo esta noche. Una sonrisa de bartender.

Gustavo Cerati canta penetrando nuestros oídos y se me olvida la letra.

Carajo, es una pésima idea decirle a una mujer que la amas cuando su novio está pidiendo un par de cervezas a su lado.

Los seres que viven en mi cabeza se amotinan.

Otra vez siento el pánico práctico que me da al ver a M, sus caderas danzando contra viento y marea y yo atado a este que soy. Su novio me mira y desconfía. Los hombres a veces presentimos al enemigo, pero la mayoría de las veces ni nos lo imaginamos, damos palos de ciego. Los hombres vamos por la vida boqueando como peces en la arena.

M da un trago que disecciono en cámara lenta y unas gotas de cerveza escapan de su comisura, si estuviéramos solos yo recogería esas gotas con mis labios. Su novio no separa la vista de mí y las manos de la cintura de ella.

No es fácil racionalizar los latidos. Tendría que ser más viejo para no caer en estas revoluciones del corazón. Yo debería de ser un domingo sin futbol y no jugar a las erupciones.

El novio de M es tan exitoso que parece que brilla, carajo, la normalidad no puede competir con las estrellas. De cualquier manera, es oro y humo. Si M fuera honesta se lo diría. Le diría que se aburre, que sus chistes no tienen sentido y que su conversación es monótona.
Mientras pienso esto le digo a M que olvide mis palabras, que vaya a bailar con su novio, porque sé que su novio no baila, aunque ella y su cuerpo pálido vibren al ritmo de la música. Pero no se mueve de la barra. De mi lado. Aunque me dé la espalda. Aunque sus ojos miren en otra dirección.

Mientras miro la columna vertebral de M pienso, pienso que es hora de superar el miedo a la lluvia, el miedo a la vida. En un parpadeo, en un destello que deja ciego, tomo a M por la cintura y nuestros cuerpos toman aire, el tiempo se para y todo cambia en un instante. Es como si esta música la hubiéramos bailado antes, como si hubiéramos estado bailando contra la soledad hasta encontrarnos.

El pánico práctico desaparece, saltan por el aire mis miedos de marioneta y me siento humano, dejo de lado cualquier asunto delicado que pudiera pasar por mi cabeza. Hasta que el novio de M decide que esto debe arreglarse a golpes.

Volar no es fácil, pelear tampoco. M evita la confrontación y se va con su novio. Espero una señal, un movimiento que me diga que nos encontraremos en carnaval, que bailaremos, que nos disfrazaremos y nos perderemos entre banderas y bandejas, que nos contaremos historias de mundos libres, de diamantes sin valor, de viajes al abismo y cenas familiares.

M se esfuma y por las rendijas del bar empiezan a entrar los golpes de la realidad. La bartender me pone otra cerveza y vuelve a sonreír.

Los diminutos seres que viven en mi cabeza la vuelven a poblar y me dicen, otra vez, idiota, por dejarla ir.

Olvido todo lo que aprendí y corro en busca de M, corro por agujeros de gusano y me pierdo, buscándola. Avanzo por desiertos desconocidos hasta hoy, siguiendo sus pasos en la arena, y la alcanzo, la tomo de la mano y su novio desaparece, el mundo desaparece, son un desastre natural que pasa a nuestro lado.

Todo empieza a ser real. M es luz y va llenando con su lenguaje el mundo, mi mundo. Acaba con mis tratados de paz, con mis mapas de la ciudad. Y pienso, mientras nos besamos, que aunque me vuelva cuerdo, quiero que ella sea la única que viva en mi cabeza.~