Oficio de brillantina

Un cuento de Yessenia Cabrera/ ilustración de Juan Astianax Bahías, serie ‘Señorita Lujuria’

 

ES UN BURDEL cerca de la carretera. Todas las trabajadoras, resignadas, siguen su rutina, al menos las que ya tienen callo. Llegan a las cinco de la mañana, se bañan muy bien la pussy y usan lavativas para dejarse el culo reluciente. Lo hacen como si se lavaran los dientes. Luego a despintarse, desayunar alguna cosa ligera y a descansar. Esperan la tarde, que siempre llega acompañada de jalones y del cobro respectivo de la noche anterior. A unas se las llevan a la carretera, y a las que lucen aún el pellejo terso las visten para el show especial.

Sólo hay dos opciones.

Ella aparenta ser feliz, conformarse es lo único que le queda. Es eso o la soga, y la última vez que Bety lo intentó la revivieron a base de cinturonazos, y además, como castigo, la violaron entre seis cabrones hasta dejarle el ano como guante de mago, prolapsado le dicen los doctores. Hay otras a las que les va mejor.

Bety guarda un profundo odio, y no es precisamente hacia los peces gordos. La imagen de la Rana la golpea de improviso, como la cachetada de su padrote cuando no entrega la cuota mínima. La Rana es otra prostituta, una compañera, una colega. Era una de las más nuevas. Dieciséis años quebrados por las mismas razones que Bety conocía muy bien: amor, boda, promesas. Las mismas mamadas de siempre. Lo único que le esperaba era el trabajo duro. La trajeron a la carretera, pero apenas duró una semana. Los pocos clientes que tuvo se quejaron. Algo en su comportamiento los había asqueado.

Se la llevaron al burdel, allí podían preparar un show para ella.

En realidad, no tuvieron que hacer nada. A los pocos días de llegar al burdel, La Rana ideó su propio espectáculo. A los cerdos les encantaba. Nadie hablaba de otra cosa. Ni siquiera las chicas de la carretera se perdían los chismes. Bety no podía creerlo, por más que sus compañeras le dieran detalles muy específicos. Tenía que verlo.

Como una de las putas más trabajadoras de la carretera, Bety se ha ganado un día de descanso a la semana. Este día no lo aprovecha para descansar. Está obsesionada con esa niñita estúpida. La Rana, le dicen La Rana. Pareciera que desde el primer momento que la vio, hipócrita como una ramerita quejosa, ya hubiera sabido su nombre, el verdadero.

Ya es noche y los cerdos abarrotan el burdel. Bety siente cómo acercan sus pezuñas hasta sus nalgas aún duras, aún apetitosas. Ella suelta una risita estúpida y se escabulle. Prefiere su lugar en la carretera, al menos ahí conoce, de vez en cuando, a un camionero solitario, interesante, amable incluso. Bety se adentra más a la cueva iluminada por las hogueras de luz neón. Tiene una cerveza en la mano, pero se va calentando sin que disminuya su contenido.

Al fin escucha en los altavoces el anuncio. Ya viene el espectáculo principal. Será en la Pasarela, el salón más exclusivo del burdel. Para entrar tiene que sobarle los huevos a un guardia gordo y enorme, con la cabeza afeitada. Mientras lo acaricia piensa en un enorme pene que no pudiera pararse del todo. El gorila al fin la deja pasar y Bety se limpia la mano en la tela de la falda.

La música destella con furia, al ritmo de las luces de neón. Todo se oscurece pero una serie de reflectores iluminan un círculo en el escenario. Ahí está La Rana. Está parada, vestida con un diminuto vestido fucsia que delinea su apetitoso cuerpo. Bety siente un respingo de envidia. Las piernas de La Rana son infinitas, y apetitosas, no puede negarlo.

La Rana empieza a bailar, aumentando los chillidos de los cerdos con cada bamboleo de sus ancas. La Rana baila y alza su vestido, exhibiendo la desnudez de sus nalgas, su pubis limpio de cualquier vello inocente. Mientras baila, La Rana rodea una bolsa negra, de plástico. Su presencia desentona con el espectáculo. Ella sigue bailando pero con sus dedos, en movimientos apenas perceptibles, va desatando la bolsa, hasta que finalmente deja que se derrame su contenido. Es basura.

Bety no entiende lo que sucede, así que da un largo trago a su cerveza caliente. Le sabe a hiel o a meados de toro. La Rana se pone en cuclillas, abriendo las piernas como si fuera a parir. Los cerdos tratan de acercarse, de tocar su jugoso y sediento sexo, y ella, muy inocente, como si esperara a ser cogida como por casualidad. Se provoca espasmos para abrir su vagina húmeda y rosada. ¡La muy puerca! Bety aprieta tanto su cerveza que se le marcan los nudillos. Está a punto de romper el envase, cuando ve que una mosca gorda y fofa, como el gorila al que ha tenido que sobarle los huevos, sale de la bolsa y se abalanza hacia el sexo abierto de La Rana.

Bety siente cómo la cerveza intenta subir a su esófago cuando percibe el fuerte aroma de los fluidos de La Rana. La puta esa suda por el esfuerzo que hace al hacer aletear su asquerosa y sedienta pussy. Entonces lo hace. El insecto se para en la vulva de La Rana, y es absorbido. Los cerdos gimen de excitación, algunos se sacan el miembro. Sus penes son negros y regordetes, y serpentean como gusanos de panteón. Entonces un sonido opaca al de sus chillidos. Son sus pezuñas delanteras golpeando el suelo, como si fueran niños retrasados tratando de aplaudir.

Bety deja caer el envase cuando ve a los cerdos girarse y dejar caer de sus rectos grandes trozos de oro, justo frente a La Rana. Los cerdos olisquean su mierda dorada, y la empujan con sus hocicos que se mueven sin control, de su mierda a la vagina de la rana, y de regreso. Antes de irse inclinan sus cabezas, como si de una reverencia hacia una virgen se tratara. Entonces Bety vomita la cerveza, la hiel empujada muy adentro después de una semana, y toda la ira que guarda hacia los cerdos y hacia La Rana y hacia sí misma en ese chiquero que los padrotes llaman Pasarela.

Pasaron días para que Bety se recuperara. Por fortuna para ella, los padrotes le tenían algo parecido al cariño. La dejaron descansar unos días, y hasta le llevaron a un doctorcillo que la dejó empastillada, sintiéndose como una burra después de parir. Mientras descansaba, Bety pensaba en La Rana. No quería hacerlo, pero era difícil desviar sus pensamientos. Ella estaba siendo atraída como una de esas asquerosas moscas.

Además, empezó a sentir envidia, por todo el oro cagado que los cerdos le habían dejado a La Rana. Y eso sólo durante un show. No es justo, ella tiene que dar varias vueltas al motel para siquiera cumplir la cuota mínima.

Al último día de su recuperación Bety tuvo una idea.

En el burdel sólo se escucha el oink oink del público. Bety ha tenido dificultades para entrar. Hasta se ha llevado a uno de los guaruras-cuerpos-de-pene a uno de los baños para llevarse sus miserias a la boca y la garganta. El fluido no se va ni con la segunda cerveza. Bety empieza a sentir asco otra vez. Pero no puede permitírselo. No esta vez.

Bety sabe dónde están los vestidores, así que a base de apretones y dedeadas, llega hasta ellos, donde La Rana se maquilla las ojeras. Tiene un cuarto para ella solita, es tan luminoso que le recuerda a Bety un empaste de brillantina. Las putas se miran a los ojos, como si se midieran. Bety cree que La Rana quiere decirle algo pero su lengua no termina de desenredarse.

La Rana se acerca a Bety y le da un beso suave y pegajoso en su mejilla. Después, como una boba, sonríe.

Bety siente el estómago revuelto, pero la presencia de su compañera la envalentona. Corrige su postura, alza el vientre y exhibe, gracias a sus piernas fuertes y sus nalgas bien duras, el higo abierto de su sexo, la bocaza con sus labios ya humedecidos… hambrientos. Bety mantiene la vista en el techo, y los pensamientos en la mierda dorada de los cerdos. Entre los sonidos atronadores de la música, el aleteo incesante de una mosca panteonera resuena como una amenaza. Bety pone los ojos en blanco.

Su vagina emite el ruido de quien muele con un palo un escarabajo crujiente. Vienen más moscas, un ejército de comedoras de mierda. Su sexo brilla como una planta carnívora, deliciosa y apetecible para los insectos imbéciles. Bety gime, casi en éxtasis, sintiendo cómo el asco se convierte en otra cosa, en ansias. La Rana dice entre gemidos que puede ver la brillantina dorada, la mierda de los cerdos que convierte a La Pasarela en una mina de resplandores.

Entonces Bety comienza a sentir cómo el aire vibra, provocando una atmósfera diferente. Una mampara cae: la pared falsa del camerino. Son descubiertas por la piara de La Pasarela que ahora las observan con ojos extasiados. Bety se permite bajar la vista y ve cómo los cerdos se tambalean mientras tratan de alcanzarla, presas de convulsiones violentas. Los cerdos chocan sus cráneos unos con otros, o son aplastados por las pezuñas de sus compañeros. De sus cuerpos abiertos surgen gusanos blancos y gruesos como babosas. Los chillidos son deliciosos para Bety, y también para La Rana, quien ahora la está viendo, con una sonrisa tan delicada e inocente que ella no puede evitar pensar en esas santas que han convertido un muladar de mierda en un prado de flores y yerba fresca. Los gusanos se arrastran por el suelo, atraídos por las vaginas como bocas hambrientas de las dos compañeras, colegas, ¿amigas? Sus vaginas hacen sonidos de succión, pero son tan suaves que ambas ríen divertidas con la maravilla de sus propios cuerpos. La Pasarela ahora es un cuarto de brillantina dorada.~