Magdalena

Un cuento de Dante Vázquez.

 

mujer_tristeLA MUERTE TUVO que haber triunfado en mí; no en ella. Yo debí ser uno de sus tantos y tantos éxitos sobre la vida. Mi hermana aún tenía muchos planes. Estudiaba, trabajaba y, a pesar de los problemas que se le presentaran, sonreía. Sobre todo, sonreía.

Recuerdo que al llegar de la funeraria cerca de cien o ciento cincuenta personas la esperaban. Además de otras flores que amistades de ella y familiares llevaron; la casa estaba llena de nardos, gerberas, nubes y crisantemos de color blanco.

Yo, libre de lágrimas y con un ligero temblor desde las piernas hasta el pecho ―en parte por el sentimiento, en parte por la impresión―, me escabullí entre la gente y me encerré en mi recámara.

Tomé el libro Hombre acabado de Giovanni Papini que ella me regaló en mi cumpleaños y, tumbada en la cama junto Freki y Geri, lo hojeé por un rato para tranquilizarme.

«¡Despacio, muchachos! Esperad un poco, por favor. ¡Nada de acabado! ¡Pero si todavía no he empezado! Debéis figuraos que todo lo que hasta ahora hice ―¡cuánto!― era sólo un prefacio, un proemio, un índice anticipado, un anuncio, una proclama y hasta si queréis, un desbordamiento de mosto y de espuma, como para poder madurar mejor interiormente. Lo mejor viene ahora: recién hoy nazco.»

Leí el mismo párrafo cuatro o cinco veces antes de que tocaran la puerta. Era Édgar; el mismo Édgar quien me pidió tiempo, el mismo a quien dejé de frecuentar por más de un año para sanar mis heridas emocionales.

Freki y Geri lo reconocieron de inmediato y se acercaron a saludarlo. Él los acarició y, sin decir palabra alguna, me abrazó. Fue un abrazo cándido y breve, así como el que me dio mi hermana cuando se enteró que el novio de una de mis amigas puso una 9mm en mi cabeza.

Mi amiga, su novio y yo regresábamos de una fiesta y, como yo quería beber más, le pedí al novio de mi amiga que se detuviera en alguna tienda donde pudiéramos comparar unos six de cervezas. Estábamos muy borrachos. Él se quedó callado y mi amiga me dijo que ya le parara. Insistí de manera necia e incluso me puse a gritar dentro del carro y a golpear a mi amiga. Su novio me bajó del carro, me aventó contra éste, cortó cartucho justo con la pistola en mi frente y me dijo que me calmara por la buena.

Cuando me vi en el espejo del baño de la casa estaba pálida, con los labios hinchados y un moretón del lado izquierdo de la cara. Apestaba a vómito y mi ropa era un trapo asqueroso de sangre y mugre. Jamás pensé llegar a tanto.

En verdad me hubiera gustado encontrar una razón para justificar mis actos y así posibilitar una salida inmediata a todo aquello. El despertar diario con una actitud pesimista y la voluntad cansada: lastima hasta las entrañas. Abandoné la escuela y el trabajo para evitar la tentación de beber. Dos meses fue lo máximo que duré sin salir de casa. Cicatrices quedan en mis brazos y muñecas. Noches empastilladas remarcaron mis ojeras. ¿Yo era un fracaso?

Me vomité, me peleé, me desmayé ¡ja! y, lo mejor, ni yo sé cómo llegué a la fiesta. En la fractura está el fin.

En verdad me hubiera gustado encontrar una razón para justificar mis actos y así posibilitar una salida inmediata a todo aquello. El despertar diario con una actitud pesimista y la voluntad cansada: lastima hasta las entrañas. Abandoné la escuela y el trabajo para evitar la tentación de beber. Dos meses fue lo máximo que duré sin salir de casa. Cicatrices quedan en mis brazos y muñecas. Noches empastilladas remarcaron mis ojeras. ¿Yo era un fracaso?

—¿Cómo te sientes? ¿Qué pasó? —me preguntó Édgar mirándome con ternura melancólica.

—¿Cómo debo sentirme? —respondí seria—. Hay dos versiones acerca de lo que ocurrió. La primera es que al cruzar la avenida se resbaló y la atropelló un tráiler. La segunda es que el conductor del tráiler se quedó dormido y se fue contra la banqueta donde estaba mi hermana. Al final un accidente, un fracaso de la suerte.

—Acuérdate de lo que ella te decía cuando te veía triste o tenías miedo: «Si la vida te grita grítale más fuerte» —me dijo y me abrazó de nuevo—. Dice mi papá que sólo había visto tantas flores y tanta gente cuando alguien muy importante muere.

Esa noche Édgar estuvo conmigo hasta las cinco o seis de la mañana. Le conté de mis meses alcohólicos, de mi depresión constante, de mis cinco intentos de suicidio, de mis encierros voluntarios y demás…     Después de todo me quedó claro que yo necesitaba repensarme a mí misma. El fracaso como condición del éxito, y viceversa, quizás, es recuerdo y olvido. Búsqueda de permanencia. Conservación. Aguante. Posibilidad de reconocimiento propio o ajeno. Y más allá, de las interpretaciones individuales y sociales, tener la satisfacción de ser sin más y sin menos. En la fractura está el fin.

Traté de pasar desapercibida, lo más posible, durante los tres días que duró el funeral. Fue complicado. Personas incluso de otros estados de la república asistieron a dar el pésame o a dejarle algún detalle; y, ya fuera por cortesía o curiosidad, se acercaban a saludarme o a charlar conmigo porque mi hermana les había hablado de mí o porque querían conocer más sobre de ella.

Calculo que al funeral asistieron entre doscientas y doscientas cincuenta personas. Amistades y familiares le cantaron, le recitaron poemas, le lloraron con franqueza, y le adornaron su tumba con rosas, muchas rosas. A ella le fascinaban las rosas aunque le dijeran que eran flores comunes.

Yo, al ver el rostro húmedo de la gente conmovida por la escena, recordé:

 “¡Despacio, muchachos! Esperad un poco, por favor. ¡Nada de acabado! ¡Pero si todavía no he empezado! Debéis figuraos que todo lo que hasta ahora hice ―¡cuánto!― era sólo un prefacio, un proemio, un índice anticipado, un anuncio, una proclama y hasta si queréis, un desbordamiento de mosto y de espuma, como para poder madurar mejor interiormente. Lo mejor viene ahora: recién hoy nazco.”

Mi hermana sonreiría. Sobre todo, sonreiría.~