La Habana

Un cuento de César Sánchez


 

SUITE DE PLACER modelo 1562: planta calle, ventanal de vidrio tintado ultra resistente de una pieza soldada al marco, vistas al malecón, cama individual sin adornos, salvo el cabecero de aluminio, muros interiores de cemento, aseo con montacargas de 10x20x15 centímetros para el suministro de alimentos, insonorización completa, filtros antialergenos en todas las rejillas de ventilación.

Dejo la maleta en el suelo mientras, detrás, los cerrojos me aíslan definitivamente. No hay cortinas. No hay reproducciones de obras de arte en las paredes. No hay fotografías. La única concesión al ornamento, un reloj, que recuerda a los de las estaciones de tren, sobre el cabecero.

Reviso el programa de actividades:
9:30 hasta 12:00: Carne.
12:00-13:00: Periodo de reflexión e higiene.
Entre las 13:00 y las 15:00: Carne.
15:00-18:00: Comida, higiene y siesta.
Carne, a partir de las seis hasta las 21:00.
22:00: Cena y meditación.

Abro la maleta. Saco el traje de neopreno de una pieza y lo extiendo sobre la colcha. A continuación, el gancho que me servirá para subir y bajar la cremallera, situada a la espalda. Me queda tan apretado que cuando me lo probé en la tienda envasó mi cuerpo al vacío. Huele a nuevo. Me quito la ropa de viaje y me meto en él. Me envasa el vacío. Subo la cremallera con el gancho. Vacío hermético. Dentro de unos días, habrá que incinerarlo.

Las nueve y veinticinco. Las bolsas de plástico transparente están en la mesilla de noche estándar. Un paquete de diez. Compruebo la primera. La cuerda para ceñirla al cuello no se desliza bien por las presillas, pero servirá. La abertura parece apropiada para el tamaño de mi cabeza. Reviso el sistema que evita que el material se empañe con el aliento. El termostato funciona. Giro la diminuta rueda hasta la marca. El calor se extiende por la bolsa a través de miles de fibras ópticas adheridas a la superficie. Durante unos segundos, me tienta probármela. No, eso quebraría el equilibrio. Sería como pelar la manzana antes de robarla.

Las bolsas de plástico transparente están en la mesilla de noche estándar. Un paquete de diez.

Coloco la silla del rincón frente al ventanal y me siento a esperar con la caperuza en la mano. En la playa, algunos bañistas madrugadores clavan sus sombrillas en la arena. Los barcos avanzan con cadencia de cortejo fúnebre. Plano fijo sin detalles.

Nueve y treintaiuno. Se retrasan. Las nubes se funden con el océano. Pondré una queja. Aparece una mujer por la izquierda. Me coloco la bolsa. Se detiene. Tiro de los dos extremos de la cuerda hasta que los filamentos me hacen cosquillas en la nuca. Mira de reojo. El plástico se pega a mis labios. Lleva una especie de pareo que, a un balanceo de sus hombros, se desliza y cae. Aflojo la presa para permitir que circule el aire, no demasiado, lo justo para permanecer consciente. La imagen, ligeramente irregular, como una película proyectada sobre una pantalla que un gigante hubiese arrugado y vuelto a estirar. El biquini le viene estrecho. Es negra, negra como el fondo de un pozo. Me pensaré lo de la queja.

Clava sus ojos en mí. La bolsa palpita como el fuelle de un pulmón artificial. Desde fuera no puede verme, pero ha adivinado mi posición, o solo ha tenido suerte. Mi respiración agónica es el sonido del mundo. Se gira despacio, se baja la parte de abajo del bañador, se agacha y pega sus nalgas al cristal. Muy despacio. Las aplasta. La piel se arruga en algunas zonas y se estira en otras. Seguro que mantienen el vidrio a la temperatura del cuerpo. Eso explica la indolencia al contacto.

Veo una mano asomar entre sus piernas, las uñas falsas que exploran los pliegues, las hendiduras. Me toco la entrepierna. Sé que a través de la goma no sentiré nada. Actos sin consecuencias, estímulos borrados.

Podría estar aquí o en cualquier otro lugar deseando estar aquí. La erección es una idea, una consecuencia lógica de las imágenes en la pantalla. Pero ahora lo que hay detrás es real. Real como un día lo fui yo. Espero que los anuncios de cirugía de extensión de pene, de contactos, de compuestos cuyo consumo promete sesiones interminables de sexo salvaje desaparezcan cuanto antes de mis pupilas.~