Historia de mis dedos

«Por unos meses relacioné la visión de esa luz con la llegada de mis dedos al paraíso. Me corroía la calentura de volver a tocar a una mujer, de volver a mirar el cielo después y de tratar entonces de entender la naturaleza de ambos fenómenos. Tenía dieciséis años.»

Decidí volver al día en que, cuando era adolescente y fumaba cigarro tras cigarro a escondidas de mis padres en el baño, me asomé por la ventana y la vi. Siempre sacaba medio cuerpo al viento para que el humo no se colara por debajo de la puerta hasta el cuarto del televisor, donde invariablemente estaban mi madre o mi padre y nunca los dos juntos.

avionEsa noche había tocado por primera vez a una mujer. Con dedos nerviosos escarbé entre la ropa hasta llegar a ese lugar del que hablábamos todas las tardes en la escuela aparentando destreza y ciencia en la mirada pero escurriendo saliva y mentiras por la boca. Recuerdo claramente la sensación de calidez y humedad en proporciones semejantes. La suavidad, el descalabro cerebral que me ocurrió por dentro del cráneo, la levedad de un pasado que comenzaba, devaneante e incorpóreo, a darme sustento.

Me hice consciente de mis dedos. Cada cosa que tocaba me regresaba la mitad del tacto de aquella vez, la mitad que me pertenecía de la piel hacia dentro.

Cuando volví a mi casa me metí al baño para fumar, tocar y oler mis dedos infinitamente y mirar el negro de la noche atravesado por aviones de calibre diverso. Vivía cerca del aeropuerto. Mirar y fumar eran dos de mis actividades favoritas.

Entonces la descubrí. Trémula sobre una torre. Una luz desigual que encendía y se desvanecía sin un ritmo lógico. La noche se mantuvo igual de sorda. Pero yo la vi. Creció, se alejó, volvió muy cerca de mi edificio, me iluminó la cara y me deslumbró de golpe. Todo en pocos segundos, más breves que la entrepierna que toqué esa misma noche. Después se esfumó.

Ella se llamaba Pamela. Murió al día siguiente, no importan las causas.

Estuve cuello arriba varios días. En el velorio nos salimos todos los de la escuela a fumar fuera de la capilla, en el panteón francés, deambulando entre las calles de esa ciudad de muertos que han erigido ahí. Yo miraba el cielo.

Nunca más la encontré.

Me corroía la calentura de volver a tocar a una mujer, de volver a mirar el cielo después y de tratar entonces de entender la naturaleza de ambos fenómenos. Tenía dieciséis años.

Por unos meses relacioné la visión de esa luz con la llegada de mis dedos al paraíso. Me corroía la calentura de volver a tocar a una mujer, de volver a mirar el cielo después y de tratar entonces de entender la naturaleza de ambos fenómenos. Tenía dieciséis años.

El misterio de la luz me ayudó –lo descubrí después— a sobreponerme a la muerte de Pamela. O quizás deba decir a soslayarla, porque en realidad no la apercibí a fondo. No me dolió como debería de haberme dolido, como el pretexto perfecto que era, ese que espera el adolescente para reafirmar su incomodidad.

Lo que sí me dolía eran los dedos índice y cordial de la mano derecha. Un dolor en forma de añoranza. Pamela estaba muerta. Yo estaba lejos de esa cercanía con otra mujer: mis dedos se secarían de a poco hasta caerse, como los aguacates maduros y las ilusiones estudiantiles.

Más tarde me olvidé de la luz y de Pamela. Toqué más cuerpos. Mis dedos sobrevivieron el trance a la adultez con bravura. Son unos héroes. Crecí.

Abro aquí una elipse hiperbólica que nos llevará hasta la nada. Un viaje hacia muchos años después.

Muchos años después.

Muchos años después, cuando pude, volví precisamente a esa noche. Sobrevolé el aeropuerto y, al final, el edificio donde viví de joven. Desde arriba miraba un cuerpo asomado en el vacío, la punta de dos dedos, aún vivos, sosteniendo un cigarro de sombras. La diminuta brasa roja.

Me fui. Había logrado cerrar el ciclo más largo de mi vida.~