El encuentro

El encuentro con los antiguos compañeros de trabajo. Un cuento de Manuela della Fontana/ fotograma de Desayuno con diamantes (Blake Edwards, 1961).

LA VIDA NO sería lo bastante desconcertante sin esos encuentros que se terminan complicando sin remedio. Casualidades de las que no te repones ni olvidando lo sucedido. Por eso yo que soy poco dada a las imprevistos, todavía me pregunto por qué no supe callar la noche de la que me dispongo a hablar, rodeada de gente a la que hacía años que no veía. Supongo que soy fácil de convencer, y con tal de no contrariar a los demás, soy capaz de embarcarme en las historias más inverosímiles. Por lo demás… ¿Cómo iba a negarme? Tantos habían sido los intentos fallidos de Javier Menéndez por juntarnos a todos los antiguos compañeros de la editorial y tantas mis excusas, muchas de ellas peregrinas, que al final cuando aquella noche encajó como perfecta en el calendario de la mayoría, no pude por menos que acudir al encuentro pese a mi desgana.

Cuando llegué, la gente charlaba animadamente mientras tomaban una cerveza en el bar. Advertí que algunos de mis compañeros habían acudido acompañados, no Menéndez que como siempre había llegado solo y se acercó a mi encuentro. Todavía no me había quitado el abrigo, cuando nervioso me informó que habían visto que la Consejera Delegada se encontraba también allí, en el local, y que era raro que no me hubiera tropezado con ella al llegar. Por lo visto iba acompañada de alguien que no era su marido y por el modo en que iban abrazados sospecharon que bien pudiera tratarse de una aventura de las suyas. Ya era casualidad que entre tantos restaurantes hubiera elegido para tener una infidelidad precisamente el nuestro. Lo cierto es que me podía esperar cualquier cosa.

Calculé que seríamos más de veinte. Todos se mostraron muy efusivos al verme. Yo en cambio, estaba cohibida, me sentía fuera de lugar entre aquella multitud a la que poco o nada ya me unía. Desde el principio dieron por hecho que querría enterarme de las novedades: amoríos, despidos y ascensos, de los que fueron mis compañeros durante tanto tiempo. No se daban cuenta que desde que había dejado la empresa y mi vida languidecía, todos aquellos cotilleos de patio de colegio me importaban un carajo. Me importaba una mierda mi antiguo jefe, otra mierda la Consejera Delegada y su maromo, sus vidas organizadas y perfectas, solo quería volver a mi vida tranquila de siempre. Aún así, sonreía con fingida indiferencia, iba de un corrillo a otro en busca de algún tema de conversación con el que pudiera identificarme, para llegar a la conclusión de que seguramente con el frutero de la esquina hubiera tenido mucho más en común que con cualquiera de ellos.

Yo en cambio, estaba cohibida, me sentía fuera de lugar entre aquella multitud a la que poco o nada ya me unía.

Apuré mi cerveza casi de un trago antes de pasar al comedor, una especie de reservado, con un par de acuarelas colgadas una frente a la otra y varias mesas unidas con un mantel inmaculado. No sé cómo terminé sentada entre el marido de Carmina y la mujer de Federico Sotillos, ni como lo logré –a pesar de las insistencias– no decir nada de mí. Nada. No tenía nada que contar, Y eso que el marido de Carmina resultó ser un fantástico conversador, divertido y con un toque surrealista, a pesar de estar más pendiente del solomillo que de otra cosa. Me dijo haber vivido en Italia cuando era joven, y que ahora por su trabajo, un importante trabajo por lo que adiviné, debía viajar cada cierto tiempo a Milán. A pesar de mi interés, comenzó a costarme seguir la conversación. Notaba que mi coordinación decaía, Federico Sotillos no hacía más que servirme vino y yo me dejaba servir. Me reía, y otra vez la copa volvía a estar vacía. La botella de vino había pasado delante de mí tantas veces que no estaba dispuesta a dejarla pasar sin servirme un poco más.

No recuerdo bien que sucedió a partir de aquí. Creo que alargué el brazo, tal vez no sujeté la botella con la suficiente firmeza; luego vino el estruendo, las salpicaduras, mi compañero de asiento perdido de vino,  el grito de Carmina, y como todos se volvieron a mirarme.  Me disculpé como pude y salí disparada en dirección al baño, empapada y avergonzada. Estuve allí un tiempo que se me hizo eterno tratando de limpiar el desaguisado y mi mal beber. Tan pendiente estaba en mi blusa y del ruido del secador, que no reparé que tras una de las puertas se oían voces entrecortadas, algún golpe y lo que parecían gemidos. Todavía transcurrieron algunos minutos, antes que la puerta del habitáculo se abriera. Al principio, me costó reconocerla pero no había duda: era ella. Precisamente ella, mi antigua jefa, con el maromo. Aunque no lo supe hasta después, cuando riendo y todavía abrochándose los botones salieron sin apenas mirarme, dejándome como una perfecta idiota con mi blusa medio abierta y el ruido del secador de fondo por única compañía.

Dicen que la mejor huida es el regreso, así que aún sin reponerme de la impresión, me faltó tiempo para volver al comedor y contarles lo sucedido a mis compañeros a sabiendas que no me creerían. Y así fue, por el modo en que me miraron, debieron pensar que era una broma de las mías porque no dejaron de reírse en toda la noche. No hacía falta que dijera nada, había logrado callar toda la noche, hasta ahora. Tal vez si quería hablar, pero no de mí…Para entonces ya estaban pidiendo el café y la cuenta. Si no recuerdo mal, creo que hablaban de ir a un karaoke. La noche no había hecho nada más que empezar, aunque no para mí.~