Dos viajeros en la autopista

Un cuento de Rafael Tiburcio García


 

EL ANCIANO A su lado no deja de hablar. Él no ha podido sino dormitar y, al abrir los ojos, se encuentra cercado por la negrura. El autobús sigue en movimiento, con la mayoría de los pasajeros dormidos. El anciano insiste en hablarle desde que cruzaron la caseta de cobro.

Como era su costumbre, él la llamó para decirle que ya iba en camino, había alcanzado al camión y no era necesario salir por él. Pero su teléfono parecía muerto. Ella se quedaría en casa, confiaba en ello y cerró los ojos.

—Como le decía, esta noche me recuerda una idéntica de 1963 —repite el anciano con entusiasmo al darse cuenta de que el sujeto despertó.

—Disculpe, abuelo, estoy algo preocupado, escucharlo no me ayuda.

Revisa su teléfono. Ni una llamada, ni un mensaje. Su ubicación en el mapa aparece sobre la ruta. Apaga la pantalla una vez más. En cada ocasión la oscuridad se intensifica antes de acostumbrarse a ella de nuevo.

—La noche era idéntica a ésta. Habíamos pasado una zona nublada y yo estaba hecho un manojo de nervios, como usted ahora. El hombre a mi lado contó una historia de su pueblo para pasar el rato y antes de darme cuenta llegamos a la ciudad.

—Señor, en serio no me ayuda.

Más allá de la llanura alcanza a ver el tenue resplandor de una zona urbana. La ciudad, piensa, luego desiste; aquel halo naranja es muy débil. Inquieto, desempaña el cristal con la manga del saco y entrecierra los ojos para mirar a través. No reconoce esa parte del camino. A pesar de tantos años viajando, aún hay partes del trayecto donde eso le ocurre. Pero esta vez el terreno permanece irreconocible demasiado tiempo.

Trata de consultar de nuevo su teléfono; éste ya ni siquiera enciende. Da un suspiro y mira el perfil del anciano.

—Veo que se ha rendido. Verá cómo las luces aparecerán tan pronto termine de contarle.

—¿Desde qué hora empezó a llover?

—Cuando cruzamos Ojo de Agua.

—¿Hace cuánto fue eso?

—No sé. Hace horas.

—Imposible. Seguro tomamos una desviación.

—Todo el tiempo hemos estado en la autopista.

—Hubo un accidente, entonces. Cerraron un carril.

—Ni una cosa ni la otra.

—De la caseta a Zumpango son veinte minutos, abuelo. De ahí a la Ciudad son quince. No tiene sentido.

—Ya cruzamos Zumpango.

—¿Hace cuánto?

—No tengo idea. Mi reloj se descompuso ayer, todavía no me he puesto el nuevo.

—¿Tiene un reloj… esperando en casa? Ya nadie usa esas cosas.

—Tengo cinco relojes nuevos.

—¿En serio? —ríe mordazmente.

—No compré ninguno, si eso le parece divertido. Todos los relojes de mi casa y de mi negocio se detuvieron ayer por la mañana. Por la tarde los había recuperado.

—¿Es usted senil?

—Ya quisiera. Soy farmacéutico. Antes era doctor, como usted.

—Esto va a estar bueno.

—Todo empezó con mi despertador al amanecer —dijo, ignorando la descortesía—. No sonó pero con los años uno suele despertar antes de escucharlos. Eché un vistazo al reloj de pulso. Estaba detenido. También el de mi esposa. Y el de la cocina. Fui a la farmacia y el de allá igual.

—Miente, abuelo —se asoma otra vez. Lluvia. Neblina. El camino está irreconocible.

—Afuera no encontrará nada. No vamos por la autopista.

—Pero hace un momento usted dijo…

—Déjelo pasar. Sólo escuche.

Todo está revuelto del otro lado y pronto el vidrio vuelve a empañarse. No hay luz, ni siquiera de otros automóviles en el carril contrario. El sujeto vuelve a mirar al anciano.

—Es curioso que pasara eso, porque justo antes de reponer los relojes recordé la anécdota de las gemelas Gracia. Me la contó aquel sujeto en 1963. Hay una edad en que todo cuanto ocurre parece un augurio. Y cuando la vejez ha avanzado aún más, incluso eso deja de tener sentido. Pero yo me acordé ayer. Me acordé como si fuera de nuevo un chamaco. ¿No le causa gracia?

Resignado a escuchar la historia, permanece en silencio.

—Las hermanas Gracia eran un par de señoritas, vivieron juntas desde su llegada al pueblo. No tenían parientes y siempre estaban solas. En su juventud fueron hijas de un terrateniente en Atotonilco. Ricas, orgullosas, ya sabe. A todos ellos se los llevó la Revolución. Su padre tuvo que esconder los muebles de madera, las vajillas, la plata, las joyas, todo bajo tierra, incluidas ellas, unas solteronas de casi treinta años, cuando el ejército del agrarista Serapio López arrasó con la hacienda en su paso hacia la capital del estado. El hacendado y su esposa no sobrevivieron al incidente. Una vez estuvieron seguras huyeron hacia el pueblo, donde llevaron una vida discreta y austera.

»Con el paso de los años empeñaron o malvendieron las pertenencias que sacaron de la hacienda. Su única pertenencia era un viejo reloj de péndulo de la casa de su juventud, detenido desde hacía mucho. Lo mandaron a arreglar un par de veces. Fue inútil. Se quedó en la sala de su casa como el recordatorio de una vida que se esfumó en el torbellino de un país cada vez más moderno.

»Pero un día, de buenas a primeras y sin que nadie moviera el péndulo, empezó a caminar sólo. Antes, los relojes de los ricos solían tener ciertas “complicaciones”, así era como se le llamaba a las funciones distintas de marcar las horas. El de las gemelas Gracia indicaba las fases de la luna, la sonería, los días del mes. Ya se dará una idea de lo ricas que fueron. El reloj estuvo funcionando hasta la noche. A la mañana siguiente se había detenido de nuevo pero marcaba dos semanas posteriores a partir de esa fecha. La mayor de las gemelas murió, como usted supone, en el día y la hora exacta marcada en el reloj.

»Cuando la otra gemela enfermó justo al año siguiente, quitó el reloj de la sala y lo escondió bajo su cama. Por la noche el doctor (el sujeto que me contó esta anécdota) fue a verla y aseguró escuchar un tic-tac bajo la cama. Así como lo oye, el reloj de péndulo acostado: un mecanismo dependiente de la fuerza de gravedad, en funcionamiento.»

—Y, me imagino, la segunda abuela murió en la hora marcada.

—Nadie lo sabe. La señorita Gracia no quiso verlo. Ni siquiera esperó a que se detuviera. Lo vendió a un anticuario de Tulancingo que fue a recogerlo a su casa. Nadie volvió a saber de él.

—¿Es todo?

—Lo es.

—¿Es la historia contada por el doctor de la anciana?

—La misma.

—Así, nada más.

—Justo así.

—Esperaba algo más… no importa.

La niebla y la lluvia se habían disipado a mitad de la anécdota y el sujeto reconoció las luces características de su ciudad; unos haces blancos sobresalían del resplandor naranja, indicando el sitio de los monumentos reconstruidos durante la última administración. Detestó admitirlo: el anciano tenía razón. Ahora estaba entumido, había pasado muchas horas sentado.

—A todo esto —preguntó, vencido por su interlocutor—, ¿Cómo recuperó sus relojes? Me lo iba a decir antes de contar su historia.

—Ah. Muy fácil. Un distribuidor llegó a la farmacia con una caja de mercancías y un paquete de regalo.

—Relojes, imagino.

—Tres de ellos: uno de pared, con termómetro de agua y dos de pulsera. Sencillos, no se crea usted. De cuarzo.

—¿Y los otros dos?

—Uno se lo dio mi cuñada a mi esposa. Es un poco feo, debo admitirlo, octagonal como espejo asiático y con pequeños nichos rellenos de granos de cebada, de frijol, de maíz. El otro es un despertador digital. Me lo llevó mi hija durante la tarde.

—¿En serio pretende que le crea?

—Dios manda lo que uno necesita. Usted necesitaba escucharme. Yo necesitaba que usted lo hiciera. Sólo después de eso vimos las luces de la ciudad.

—Deme permiso, bajo en la primera parada —dijo, al reconocer más adelante la luz verde de la gasolinería donde solía levantarse—, y, eh, gracias, creo, usted tenía razón.

—¿Razón?

—En que el tiempo volvería a correr con normalidad si pensaba en otra cosa.

—No es nada. He perdido muchos instantes de mi vida recorriendo esta ruta. Pero ya he terminado.

—¿Por qué lo dice?

—Hoy finalicé un asunto pendiente.

—¿En la Capital?

—En la ruta.

—Enhorabuena.

—Enhorabuena. Salude a su esposa de mi parte. Cuando la vuelva a ver.

Las luces del autobús se encienden. El anciano se levanta, lo deja pasar. Cruzan sus miradas un momento. El anciano tiene los ojos llenos de vida. Al sujeto le parece familiar su rostro. Ambos mueven la cabeza de la misma forma en señal de despedida, como en un espejo.

El hombre va hacia la puerta, indica su parada. Al llegar, desciende. El camión avanza. En ningún momento mencionó a su esposa. Trata de mirar el interior del camión, los asientos ocupados por el anciano y él. Las luces del interior se han apagado de nuevo.

El sujeto camina a oscuras los casi dos kilómetros desde el paradero al fraccionamiento. Aunque es de noche el viento sopla con fuerza. El polvo golpea su cara. Todo el camino piensa en ella.

Al llegar al fraccionamiento se interna en las calles hasta llegar a su domicilio. Abre la puerta. Tal como teme, ella no está. Seguro viene a medio camino, de regreso.

La casa está llena de polvo. Ella siempre tiene la casa muy limpia. Le parece extraño. Pone a recargar su teléfono. El reloj marca las nueve y media. Qué extraño, piensa. Apenas quince minutos después de la hora a la que cruzó la caseta. Tal vez el reloj se detuvo cuando el teléfono se apagó, pero debería de haberse actualizado.

Pasa una hora, pasan dos. Suficiente para que ella llegue. Revisa sus mensajes. Nada. Él se percata que la hora en el reloj de la cocina es la misma de su teléfono. Ella no llega.

Claro, ¿qué esperaba? El reloj nunca se detuvo. Estuvo horas en el camión y cruzó la autopista en un instante.

Pero ella no llega. Ha estado fuera demasiado tiempo.

***

Cuando era niña pensaba que las antenas de la autopista eran vestidos y debía de haber muñecas enormes que los usaran. Nunca vio ninguna, pero a esa edad una no suele perder la ilusión. Era muy distinto ahora, apenas las veía en medio de la tormenta, luchando por mantener el control del automóvil sobre el asfalto mojado mientras los vehículos la rebasaban a más de ciento cincuenta kilómetros por hora.

Es verdad que su esposo recibió un ascenso, pero a qué costo. La primera orden de su jefe fue mandarlo a capacitación. El problema era que el último autobús salía a las nueve y cuarto. Su curso terminaba a las nueve. Grave predicamento para un hombre que trabajaba en una ciudad y dormía en otra. Para verlo, ella decidió ir por él a diario.

A mitad del curso su esposo revisó sus asistencias. A partir de cierta fecha podría faltar a la última hora sin comprometer sus créditos. Así, algunos días saldría antes para alcanzar el último transporte y evitar que ella viajara de noche.

Siempre le avisaba. Esta noche no lo hizo.

Para estar segura, ella salió de la ciudad y fue por él. Llegó a la escuela media hora antes de las nueve. No se pudo comunicar en todo el camino. Quizá se debía a la acción de la incesante lluvia.

Mientras esperaba, los taxis se fueron estacionando, encerrándola. Tenían una pequeña base fuera de la escuela. A pesar de reconocer el auto, cuidaban su territorio con celo.

A las nueve salieron los asistentes del curso, médicos de distintas edades. Su esposo no apareció. Lo esperó cinco minutos, hasta que salió el último y el conserje cerró la puerta.

Idiota, pensó, nada le costaba avisarle, pedir un teléfono prestado, cualquier cosa.

Salió de la ciudad, tomó de nuevo la autopista y manejó de vuelta. Al pasar la caseta, la lluvia fue sustituida por una espesa neblina que la acompañó durante unos minutos. Poco antes de salir de la zona urbana entró en uno de esos túneles vaporosos que se forman cuando muchos automóviles cruzan velozmente la carretera. La luz parecía curvarse en la pared de niebla; incluso el agua; lo cual le resultaba un espectáculo curioso. A los pocos minutos, la autopista volvió a despejarse. Ella continuó manejando hasta llegar a su casa.

La mujer que venció a la lluvia, pensó, sonaba bien. Estacionó el automóvil. Las luces de su casa encendidas. Entró. Su esposo ya estaba ahí. Suspiró, aliviada. Al diablo, pensó, el sólo hecho de verlo en casa valió el viaje.

—Te esperaba hace un año —le dice al verla cruzar la puerta. La abraza. Recuerda las palabras del anciano. Comienza a llorar.

—Que exagerado eres. Debiste avísame.

Ella está sorprendida, un poco enojada, pero se deja querer. El abrazo y las lágrimas de su esposo parecen durar horas. Ella lo mira. Es el mismo, sin duda, pero cansado, no el cansancio del viaje, es uno de otra naturaleza. Tiene arrugas nuevas, algunas canas. En la mañana no era así.

—Debiste llamar.

—Lo intenté, no tenía recepción.

—¿Qué tal el curso?

—Ya acabó.

—Qué bueno. Debiste llamar. Estuve dos horas en la autopista. La lluvia es terrible.

—¿Dos horas?

—Dos horas. ¿Por qué me miras así?

—Por nada. Se sintió un poco más largo. Es todo. Deberías hablarle a tu madre.

—Estoy cansada. Y es noche. Puedo hacerlo temprano.

—No te duermas sin llamarla. Se alegrará.

—Mañana.

El doctor da un suspiro de alivio. Le cuenta una anécdota. La escuchó de un anciano en el autobús el año pasado.

—Te mandó saludos.

—Devuélvelos cuando lo veas.

—Fue hace un año. No lo volví a ver.

—En serio estás muy sensible esta noche.

A ella le gustan esas historias, le parecen tiernas. Siempre ha querido vivir en un pueblo, tener una hija, criarla lejos del ajetreo citadino.

Su esposo da gracias a dios, se despide de ella, se va a la cama. Como la señorita Gracia del relato, el doctor decide no saber qué sucederá. Mañana mismo presentará su renuncia. Preparará todo para irse a vivir a Acaxochitlán, el pueblo natal de su esposa. Allá pondrá un consultorio médico o una farmacia, algún negocio. No volverá a recorrer esa carretera si no está con ella. No volverá a separarlos.

En la sala, ella se sorprende de esa religiosidad repentina. Lo alcanza en el dormitorio. Él ya está dormido. Ella se limpia el maquillaje, se pone un camisón. Se acuesta junto a su cuerpo cálido. Toma su teléfono para programar la alarma. Mira el monitor. Mira la fecha.

Arroja el teléfono contra la pared.~