Dos textos

Dos textos de Elitza Gueorguieva / traducción de Cristina Rodríguez

 

 

 

Circulas

 

Y TÚ CIRCULAS lentamente por el espacio enorme de la Biblioteca Nacional de una nación que no es la tuya, siguiendo a un hombre que tampoco es de aquí y que, tras múltiples desplazamientos, giros, ascensos, te introduce en una habitación pequeña y fea a la que se atreve a llamar la dimensión del futuro: la sala de almacenamiento digital para la web, y te dice que todo pasa por ahí, el torrent, el mega, los tera, los petaflops de la memoria que se transmiten a través de una vorágine de cables amarillos y rojos y tú estás segura de que tienen diferentes funciones y oyes el flujo y una sensación de ruido interior te atraviesa procedente de esas máquinas que trabajan y ventilan con tanta fuerza, a un ritmo inquietante, que transmiten sin cesar, sin duración definida, y por un instante tienes miedo de ser aspirada por la ventilación de esa enormidad invisible, histórica y patrimonial, porque se trata de un depósito legal, de François I, de François Mitterrand, de franceses, de Francia, reyes, paseo por el bosque, templo de la arquitectura moderna, palabras de autoridad encerradas en pequeños flops y octetos, y tú piensas en tu pequeño país donde se cultiva el olvido por salir menos caro que el recuerdo y tu guía te dice que digitalizar no es un HMS, que no se trata solamente de preservar el flujo de bits de un archivo y que no es la última etapa del almacenamiento previa al olvido o la pérdida definitiva, y tú no estás segura de haber comprendido porque lo tuyo no es la abstracción, y tú no piensas más que en tu pérdida, en la insignificante historia de tu lejano mundo, de ese país tuyo en el que ya no vives, en el que una vida humana ha llegado a su fin pero sigue eclosionando en la tuya, entre 50 y 100 años te dice tu guía, es la migración permanente, la digitalización perenne, se archiva a largo plazo y tú piensas en Emilia que duró 83 años y luego murió dejando tras de sí un apartamentito perfectamente ordenado, un guardarropa desfasado, juegos de otra época, armarios llenos de documentos, de objetos, de polvo, y tu guía continúa hablándote de François y de conservar, y te dice que el depósito legal persigue la exhaustividad pero excluye los documentos que no se divulgan más allá del círculo familiar y tú sabes que Emilia no es escritora, no es francesa, no es conocida y pronto nadie más se acordará de ella, igual que ella misma no se acordaba de nadie, enferma de pérdida progresiva de memoria, ahora definitiva, y tú te aferras a lo que tu guía te dice: es el SPAR: uno de los mayores sistemas de almacenamiento de Francia, que aloja todo sin borrar nada y tú piensas en Emilia que borraba en bloques: jamás la poesía, jamás la infancia, por el contrario, los procedimientos: escribir, leer, comer, levantarse, respirar, dispositivo complejo, de archivar datos, que posteriormente se ponen a disposición en Gallica.fr y a partir de ahí te cuesta oír lo que te dice tu guía pues sus palabras son aspiradas por las máquinas de cables rojos y amarillos, cifras, estadísticas, torrents se pierden en la ventilación y tú piensas en Emilia que antes de olvidarse de respirar, de leer y de cantar, había dejado en un rincón de su apartamento un montón de borradores, en suma, su correspondencia amorosa de los años cincuenta, cándida, inocente, casi hasta insulsa, ningún tachón, papel reciente, una correspondencia falseada y de nuevo oyes a tu guía que se vuelve hacia ti y descubres a un hombre que además de su función de auxiliar responsable del archivo digital para la web también es tímido, afanado, un hombre que se esconde tanto como los cables amarillos esconden el patrimonio en forma de flop, y él también esconde bien su flujo, su pequeña historia, sin duda llena de amores y de gente a quien transmitir y que te enseña lo siguiente: desde 2006 Internet forma parte del depósito legal y que también se archivan los sitios y tú no sabes cómo archivarlos, esos borradores extraños y falseados, con un objetivo preciso, el de dibujar el retrato de una mujer perfecta, de una Emilia que no conoces, 70 servidores, 1.800 sitios, hasta 16 Po, la tarea más ardua le corresponde a Heritrix, te dice tu guía, que clica sin parar en todas partes como un chalado, como un aspirador, un cosechador en busca de grano, un robot histérico que copia todo lo que encuentra y tú sabes que los hijos que no tendrás no leerán jamás las cartas de Emilia de quien eres la única heredera, pues si bien tú no lo habías elegido, ser una niña, y menos aún única, es exactamente lo que eres: la única heredera de las cartas falseadas, 80 veces por sitio, 3.600 webs conservadas, tú no quieres ser como Heritrix, tú no quieres seguir recogiendo, tú no quieres transmitir, tú no quieres volverte histérica, pero cómo cortar el flujo de la transmisión, no tienes ni idea y llevas las cartas contigo en tu migración permanente y sigues circulando

 

 

***

 

 

Jaguar

 

IBRAHIM ES UN JAGUAR. Circula lentamente por el espacio naranja delimitado por palmeras y otras flores autóctonas, mientras masca su ramita de bachnikha y ajusta sus mechones y sus Ray Bans color carne. Por mi parte, nada que señalar: no soy de aquí y se ve de lejos. Imito los pasos lentos y seguros de Ibrahim tratando de darme aires de importancia. Apesta a sangre, almizcle, cilantro, camello muerto y sudor, compro dos dátiles sin regatear y sigo caminando como si tal cosa. A mi alrededor reina el alborozo: hombres que venden especias, hombres que fuman kif, hombres que siguen la oración por la tele, hombres que no pegan golpe, hombres por aquí, hombres por allá, hombres, hombres, hombres, hombres, hombres, hombres, hombres: me concentro, respiro, no soy un hombre, y eso salta a la vista. Avanzo lentamente imitando a Ibrahim, a mi alrededor hay movimiento, silbidos, agitación, una masa de miradas se pega a mí como un chicle a la suela del zapato, o como un malabar, o como el papel de un bombón de jazmín.

No soy un bombón de jazmín.

Tengo calor, me quito la chaqueta que compré en el mercadillo y cojo un kharbat al vuelo. El árabe es una lengua compleja, trato de pronunciar el sonido kh, o h, Ibrahim sonríe, es un jaguar, y eso se ve de lejos —kharbat quiere decir “puta”. Continúo, el viento me quema los párpados, un pequeño picabuey me mira aburrido. Calor espeso, aspiro el polvo asfixiándome un poco: ¡Ibrahim, ya vale, llévame a la playa! La moticicleta arranca, calle de Roma, desaparecemos. Ibrahim es un jaguar, conoce el camino, controla, los lugares, las calles y el polvo. La motocicleta cesura la calle en dos, acometemos directamente una nube de chilabas verdes, negras y rosas, y nos da igual, los perros ladran.

Estamos aquí, Tropicana, Miami, Tahití. Mi mirada se zambulle en las piscinas vacías y finalmente aterriza en la playa: hombres que juegan al fútbol, hombres que cobran por las sombrillas, hombres sentados debajo, hombres por todas partes, hombres, hombres, hombres. Ibrahim sonríe. Dos pies sobresalen de una chilaba negra que se acerca al Mediterráneo. Ibrahim se detiene, con pesar dejo caer su camiseta Nike mojada en la espalda, mientras observo la horda de futbolistas entusiasmados.

No soy futbolista y eso se ve de lejos, pero sé que soy capaz de atravesar esta playa, quizás corriendo, Ibrahim está ahí, en el peor de los casos, él se encarga, es un jaguar. Me quito los tenis: allá voy, Ibrahim sonríe, yo cierro los ojos mientras me llevo un balonazo y dos ojos furtivos en el vientre o un poco más arriba, me reúno con las chilabas, me mojo los pies, olvido la playa, me dejo ir, el olor a sal me atraviesa.

 

 

Cristina Rodríguez del Amo nace en Vigo (1978). Licenciada en Traducción e Interpretación (Universidad de Vigo) y asistente de dirección para cine (SICA, Buenos Aires), trabaja como traductora y subtituladora autónoma desde hace más de una década. Fotógrafa aficionada, estudia violonchelo en el Conservatoire de Musique et de Danse du Tarn (Francia), donde reside actualmente.