Basta con cerrar los ojos

«Dicen que la mejor forma de conocer a la gente es por sus manías y gustos. Las mías son usar únicamente calcetines rayados, ir cantando en las calles sin importarme que tan alto pueda ser, masticar los popotes de plástico,»… Un cuento de Claudia Lucio, que tiene dos entregas en esta edición.

 

fotografía: Claudia Lucio

fotografía: Claudia Lucio

Dicen que la mejor forma de conocer a la gente es por sus manías y gustos. Las mías son usar únicamente calcetines rayados, ir cantando en las calles sin importarme que tan alto pueda ser, masticar los popotes de plástico, acomodar los sobrecitos de los diferentes tipos de azúcar por orden de costo, oler el barro húmedo (amo ese olor), ver dos programas de televisión al mismo tiempo, corretear a las personas que molestan a los perros para darles un coscorrón, hojear los libros viejos en la librería, caminar más despacio cuando llueve, secarme recostada en el césped, masticar el mismo chicle todo el día, pintarme las uñas con azul violeta, escribir poemas sin destinatario, hacer dibujos a lápiz en los conciertos de música clásica, mandar mensajes en el aire, y no me gusta olvidar. Manías que me forman y me hacen ser simple, común. Ser Ursula.

Vivo sola desde hace 4 años, todavía no sé cocinar ni planchar, pero es mi casa, es mi espacio, el lugar donde nadie escucha lo que pienso. Mi ventana es el mejor escape a sueños incontables, me gusta como el aire me despeina, abro los ojos y vuelvo a respirar soledad. «¡Cómo sigues doliéndome…!» Antes lo único que hacíamos era vivir el día y contemplar las lluvias como la del día en que te conocí.

Caminaba por Coyoacán, llovía muchísimo y las jacarandas donaban sus flores al suelo una hermosa alfombra lila que cubría el empedrado. Era el cuadro perfecto, así en medio de la lluvia saqué lo necesario para hacer un boceto, trazaba las líneas rápidamente antes que la lluvia terminara de correr el carboncillo.

—Algunos dicen que la mejor forma de conocer a una persona es por sus manías, debes ser una mujer maravillosa.

Pero ¿quién se atrevía a interrumpir mi boceto?

—Sí. ¿Me escuchaste?

Me enfadó mucho su interrupción así que molesta, volteé.

«¡Wow!», cómo molestarme con el amor de mi vida. Lo sabía, era él, algo tenía en sus ojos, era el que esperaba, llegó por fin, estaba aquí hablándome, mirándome. Las lágrimas de mis ojos no pudieron contenerse más, pero no me importaba llorar ante él. La lluvia hacía con mis lágrimas una danza de feliz encuentro.

—¿Me estabas esperando?

¿Acaso él sentía lo mismo que yo? Me quedé muda, aterricé y secándome un poco la cara por la confusión… ¿Y si era únicamente arrogancia de su parte? Así que pensé en tomar la situación tranquilamente. Esperarlo ¿para qué o qué?

—Perdóname, bueno yo creí y sentí que… bueno es una tontería, olvida si te ofendí.
—¿Te puedes explicar mejor?
—Sí, si claro algún día te lo explicare.
—¿Algún día?
—Hoy me tengo que ir rápido, pero nos vemos pronto.

Te diste la vuelta y partiste. Me quedé viéndote, después, en cámara lenta analicé todo lo que había pasado, repetí los diálogos «¿otro día?» «¡Mensa!», pensé. El amor de tu vida se va y tú ni siquiera le preguntaste su nombre. En mis manos corría todo el carboncillo, mi boceto estaba arruinado.

Pasaron algunos meses, a propósito pasaba por esa calle esperando toparme contigo pero no sucedía. Mi trabajo me alegraba los días. Restauro pinturas antiguas, cada detalle… me puedo tardar con un dedo de no más de 2 centímetros de largo hasta un día. Amo mi trabajo, el detalle, la perfección. Mi jefe me odia, dice que le gusta mi trabajo pero que tardo demasiado, que me quedo horas viendo una pintura. Yo no siento que sea tanto tiempo, no me lo parece, para mí son fracciones de segundo que se pierden en el tiempo. Hacía cuatro meses que te encontré por primera vez. Por esas fechas estaba trabajando en una vieja iglesia sobre la carretera de Toluca. Hacía mucho frío, el viento soplaba fuertemente así que lo utilice para mandarte un mensaje con el viento: «Ya fue mucho tiempo y quiero volverte a ver…».

Una mujer vieja se acercó, gritando:
—¡Niña!, ¿no quiere un taco?
—Sí, señora, gracias.
—¡Pero ándale, que va caer una tormentota y se me va mojar! —juntas corrimos hasta una chocita muy humilde, al entrar un olor tan delicioso, un poco de café y unos frijoles cociéndose en la olla de barro.
—Estamos recontentos de que arregle nuestra iglesia, niña. Ya no se veían bien las imágenes de la Virgencita María, además le están quedando rebonitas.
—Es mi trabajo, me fascina hacerlo, además las gracias se las debería dar a la esposa del gobernador que es la que me está pagando.
—Sí, son rebuenas gentes, me regalaron una bolsa y un bote pa’ mi leche, por eso vote por él-.

Tocaron la puerta de paja con trozos de madera. Se abrió poco a poco.

No era posible, eras tú, tanto que pensé encontrarte en esa calle de Coyoacán y ahora estas aquí, entrando empapado y temblando por el frío.

—¿Llegaste con el viento? —te pregunté. Soltaste la carcajada.
—Sí, talvez.

La señora me miro extrañada. Me imaginó que se sorprendió al verte entrar por su casa, sin tú ni siquiera saludarla. Le di las gracias por el café y los frijoles. Me tomaste de la mano y me sacaste corriendo del lugar. Yo no dije nada solo corría hacia la iglesia, ese día era del color de mis sueños, sepia. Lo sentía, no me podías dar una buena explicación a lo que estaba pasando, así que rompí el silencio.

—Antes que nada explícame, ¿cómo me encontraste?
—No te entiendo me mandas buscar y luego…

Lo interrumpí.

—¡¿Yo?!, ¿te mande buscar? Pero ni tu nombre sé.
—Pues te soñé y regresé a la calle donde te vi la primera vez. No estabas y me comencé a desesperar, así que inicié mi búsqueda hasta encontrarte. El instinto, las casualidades y tus mensajes en el viento me trajeron aquí, a esta iglesia. Vi el abrigo que traías el día que te conocí recargado en la banca de la iglesia, pregunté al sacristán y me dijo donde encontrarte. Eso es todo, hay pocas buenas restauradoras y además guapísimas.

Fue la primera de infinidad de veces que me sonrojé con un piropo tuyo. Eras maravilloso, sencillo, guapo, siempre decías lo que quería escuchar. Siempre que más te necesitaba, estabas ahí, para abrazarme, para besarme la mejilla. Te amo con todo mi ser, con todo mi dolor y mi odio. Eres mi motivo para vivir y ahora tengo que vivir sin ti, vivir… ¿esto es vida? Té extraño, te necesito tanto. La simple idea de no verte a mi lado me está matando, de buscarte en la esquina de mi recamara, el voltear y no encontrarte, no sentirte, no olerte.

Recuerdo cada día a tu lado. Te podría enlistar con detalle los lugares que visitábamos, los pic-nic’s en Reforma, las horas y horas de platicas interminables, las noches de insomnio compartidas, las películas que veíamos hasta el amanecer, los poemas que me leías, lo que escribías para mi que entusiasmado susurrabas a mi oído.

Comenzamos a vivir juntos desde hace varios meses. Por la educación que me dieron, mis padres no veían bien esto, pero me escuchaban tan feliz que tenían unos deseos enormes de conocerte. El día que te lo comenté comenzaron los problemas, el dolor, la angustia. ¿Recuerdas?

—Mis padres te quieren conocer.
—No, ¿no sabes que esas formalidades no me gustan?

Por primera vez no oía algo que quisiera escuchar así que mi debilidad salió a flote y con lágrimas en los ojos te dije:
—Es importante para mí ¿lo puedes entender?
—No me interesa conocerlos.
—¿Me amas?
—Con toda el alma pero ¿no entiendes que esto podría ser el fin de lo nuestro?

Te diste la vuelta y en mucho tiempo no te volví a ver.

Fueron los días más dolorosos en mi vida, no comía, tarareaba la misma canción infinidad de veces mientras, hecha bola, me mecía en el piso frío. No me importaba que mis pies se congelaran, no estabas tú para pasarme la mantita para cubrirlos. Me hacia falta aire para respirar, me dolía el pecho, las noches cada vez eran más marcadas, mi boca había perdido el más mínimo rastro de tu saliva, ¿dónde estabas? Te grité hasta cansarme: «¡Te amo!» Dejé de bañarme no sé cuanto tiempo, me debilitaba pero no quería morir, quería que cuando regresaras vieras hecha harapos a tu niña que tanto te amaba.

Perdí la noción del tiempo. Una tarde que caía el sol entrando por mi ventana, me viste ahí, tirada en el mismo rincón donde me dejaste, me abrazaste, lloraste tanto que pudiste haberme hidratado con tus lágrimas. Unas semanas después organizamos juntos todo para la visita de mis padres, nunca te pregunté sobre tu familia.

—¡Ursula!, apaga la pasta, ya debe estar cocida.

Me fascinaba oírte decir mi nombre en todas sus modalidades. Definitivamente eras el que mejor cocinaba de los dos, no iba ser una cena ostentosa. Hace una semana que no me llamaban para ningún trabajo, mis ahorros se agotaban y tú nunca tuviste ni ahorros ni trabajo.

Ya casi eran las 7, mis padres eran muy puntuales, así que estaba segura que en cualquier momento tocarían la puerta. Así fue.

—¡Ursula, hija!
—¡Mamá, papá! Pasen, pasen.
—Mira, ¡qué lindo decoro su departamento!
—¿Les ofrezco algo de tomar?
—Un wisky —dijo mi papá.
—Yo nada, hijita, me espero a la cena.

Todo lo demás lo recuerdo en cámara lenta, en colores grises y verdes oscuros, en olores de nostalgia e infinidad de lágrimas mezcladas con soledad.

—¡Amor ya llegaron mis padres!

Ambos se pusieron muy serios a pesar de que la cena era solo el pretexto para que te conocieran así que los mire y les dije:
—Mamá, Papá, es lo más importante para mí, trátenlo bien, conózcanlo y sabrán porque lo amo tanto.

Eran palabras mayores, jamás habían oído de mí la palabra «amor», y ni siquiera sentirlo tanto, menos mi padre. Ambos se miraron por unos segundos y en automático se sentaron en el sillón. Les comentaba sobre mis últimos trabajos, lo bien pagados que habían sido, mi vida de mujer independiente. Mi madre me sonrió y me dijo:
—Nunca te había visto tan feliz, has madurado y estoy orgullosa de ti.

Sus palabras me alentaban mucho. Mi madre, más que mi padre, eran personas muy frías, habían tenido vidas muy difíciles pero los amaba, aunque nunca se los dije. Miré hacia atrás y estabas ahí muy atento escuchando todo lo que decíamos, me mirabas como nunca, había cierta nostalgia en tu mirada, después entendí el porque.

—¡Amor, ven! Ellos son mis padres.

Te tomé de la mano y te llevé enfrente de ellos.

Ambos me miraron extrañados, lo primero que pensé fue: «Lo ven muy pandroso para mí, ¡seguro!» Pero mis pensamientos o conclusiones tuvieron un radical cambio.

—Hijita, ¿a qué juegas? —dijo muy serio mi padre.

Nunca me había hablado así, tan cariñoso y enérgico. Me molestó mucho su comportamiento tan grosero. Recuerdo que te tomé muy fuerte de la mano, necesitaba tu apoyo. Me miraste y tus ojos se ahogaban en lágrimas. No iba permitir que te lastimaran, así que me puse a la defensiva.

—¿Qué les pasa?, no entienden que estoy enamorada, ¡que soy feliz!
—Ursula, si lo entendemos por eso queremos conocer al hombre que te hace feliz.
—Pues él es, mamá —dije mientras te señalaba.
—Ursula, no entiendo, no veo nada o ¡ya estoy loca! —dijo empujando a mi padre.
—Yo tampoco veo a nadie, Ursula.

Todo la situación se congeló, ¿por qué siempre traes la misma ropa?, ¿tu nombre, cual era tu nombre? Nunca supe tu nombre, no tienes nombre porque «yo no tengo…» Perdí la noción del tiempo, la situación me ganó.  Todavía no recuerdo, ¿qué pasó, los detalles, en ese lapso tiempo? Solo gritaba, comencé a romper todo lo que veía, arranqué las cortinas, aventé la pecera. Cuando vi los peces tratando de sobrevivir sobre la alfombra tenía las manos llenas de sangre y a mi padre abrazándome por la espalda tratando de calmarme. Te buscaba y no estabas, mi madre solo decía:
—Ursula, te ayudaremos.

Perdí el sentido, creo que me desmayé. Cuando desperté estaba en un hospital y me sentí muy tranquila, no recordaba nada bien. Vi a mis padres sentados en un sillón blanco, te busqué y no estabas, así que un llanto incontrolable me invadió. Entró el doctor y mirándome preocupado me dijo:
—¿Cómo te sientes, Ursula?
—Mareada —contesté sin dejar de llorar.
—Ursula, tengo que hablar contigo, pero será mañana que no estés sedada. Además te haremos muchos análisis.

Era una mañana naranja con olor a gardenias que me había traído mi madre, que se perdían con el blanco de la habitación. Te busqué y no estabas.

La enfermera me había traído un desayuno incoloro, del cual obviamente no probé nada. Me ayudó a vestirme y me llevó con el doctor. Me hicieron infinidad de exámenes, creo que utilizaron conmigo el aparato más grande del hospital. Al día siguiente me llevaron al consultorio del doctor. Ahí estaban mis padres esperándome. Mi padre estaba fumando, tenía más de 10 años que no lo hacía; mi madre se veía tan demacrada como cuando le dijeron que mi hermano había muerto por una sobredosis de cocaína.

—Ursula, pasa, siéntate —el doctor rompió el silencio.
—¿Qué tengo doctor?
—Esquizofrenia, Ursula, esquizofrenia —no titubeo en decírmelo, fue rotundo y tajante.

Mi madre se soltó a llorar de una forma muy amarga. Yo no había entendido la gravedad del asunto, así me quedé callada mirando ese cuadro que tanto me gustó, era un hermoso paisaje en el que me hubiera gustado fugarme contigo. Quería salir corriendo del hospital. Solo veía que el doctor movía la boca pero no quería escuchar hasta que dijo:
—El chico del que te enamoraste, no existe. Es un ideal que te creaste —escuchaba, pero no quería oírlo. Mis ojos se llenaban de lágrimas que no me tomaba la molestia en secar—. La esquizofrenia es una alteración mental muy dramática y devastadora, pierdes el sentido de la realidad, tienes alucinaciones y escuchas voces. Percibes la realidad de forma muy diferente a como lo hacen otras personas que te rodean. Ya no podrás vivir sola. Siguiendo mis indicaciones del tratamiento te sentirás mejor, ya no tendrás alucinaciones.
—¿No le veré nunca más si tomo las pastillas?, ¿lo dejare de ver, de oír?
—Pues sí, te…
—No, no —lo callé abruptamente—. ¡Lo amo!, ¿no lo entiende? Él es todo lo que siempre quise, lo que necesito, pasamos momentos hermosos. Él me cuida, yo soy su niña hermosa.

Me cambió la vida ese diagnóstico. Regresé a casa de mis padres. Tuvieron que vender el departamento con todos mis recuerdos, con ese dinero contrataron esta enfermera que tanto odio. Me obliga a tomar las medicinas y cuando me pongo muy necia me inyecta. Parece un chimpancé con el que no puedo combatir, por mucho me gana en peso.
Antes bastaba con cerrar los ojos para verte, pero habían bloqueado esos recuerdos en mí. Creo que del otro lado del cuarto es septiembre. Te extraño tanto, necesito oírte. Perdí el sentido y las ganas de vivir. Si te tuviera que ir a buscar iría al fondo del mar, seguro me estarías esperando. Ya no quiero tomar más medicinas, sólo quiero estar contigo, abrazados, fundidos haciéndonos uno. No me puedo quitar esa imagen de la última vez que te vi. Tenías razón, el hacer parte a mis padres de lo nuestro era renunciar a ti, perderte, el tiempo me cuenta que nunca estuve contigo.

Hoy tomé la decisión de ser sólo frágil, no puedo vivir contigo ni sin ti. Esto que ahora escribo es una carta que dejaré guardada en el disco duro de esta computadora, consuelo o no para mis padres que algún día la leerán. Espero que traten de entender un poco del amor que siento por ti, sé que estás aquí, conmigo, leyendo y criticando lo que escribo.
Tengo el método infalible para hacerle creer a la enfermera que me estoy tomando las pastillas, llevo así 2 semanas, sin tomar ni una y aun así no me has visitado. Pero el día que llegues, ese día me voy contigo caminando sobre el césped lila, solos, mirando a la muerte.~