Arcadas vacías

Llevaba una temporada sintiéndose mal: con debilidad en las articulaciones, arcadas vacías, insomnio y mucha ansiedad. El médico de cabecera, a la vista de los análisis, la envió al siquiatra, anticipando un diagnóstico: «Estado depresivo muy preocupante asociado con desequilibrio nutricional».

Ecaosl siquiatra la sometió a un breve interrogatorio:

—¿Qué recuerda de su infancia?

—Sólo cosas buenas. Hace unos seis millones de años, para empezar, me di el gustazo de devorar a todos los dinosaurios de la Tierra.

—Reflexione. Es importante. ¿No recuerda ningún detalle desagradable de aquella infancia primitiva?

—No. Fui muy feliz. Entre glaciación y glaciación combinaba dietas vegetarianas con otras ricas en proteínas. Devoraba bosques y selvas enteras, entremezclándolos con grandes cetáceos y paquidermos. Solía reservarme para hibernar los mejores ejemplares congelados.

—¿Y en la adolescencia? ¿No hay algo en el Paleolítico que la disgustara?

—Bueno, en el Paleolítico inferior, ciertos bípedos peludos que nunca había visto antes; empezaron a hacerme la competencia, pero les cogí gusto y pasaron a formar parte de mi dieta preferida hasta la fecha. ¡Menudos atracones me he dado con ellos!

—¿Antes de Cristo o después?

—Antes y después. ¿No ha leído la Biblia?

—¿Al Libro de los Macabeos se está usted refiriendo?

—Entre otros. Ejércitos, pueblos enteros devoraba, mujeres y niños incluidos. ¡Sanísimos, exquisitos todos, oiga!

—¿Y después de Cristo?

—Mejores aún, sin apenas pelos que quitar,  sólo cierta  cáscara metálica que se ponían para protegerse.

—¡Una madurez feliz, por lo que veo!

—Sí: epidemias e invasiones en la Edad Media, revoluciones, guerras religiosas en la Moderna y  mundiales en la Contemporánea. Un tal Hitler me lo puso en bandeja hace poco más de cincuenta años. Menudos banquetes me di por entonces; millones y millones de bípedos devoré por toda Europa y parte de Asia; en España, sin ir más lejos, en tres años, devoré casi un millón (me los encontraba tirados hasta en las cunetas).

—¿Desde cuándo tiene arcadas vacías?

—Pues yo creo que fue a los pocos años de lo de Hirosima y Nagasaki. ¡Vaya zambombazos! ¡Ya no estoy para esos sustos!

—Sí, fue apocalíptico.

—Pensé que si las radiaciones me afectaban me desintegraría. Así que me metí en casa y hasta ahora.

—Y, ¿de qué ha vivido?

—¿Que de qué he vivido? ¿No ve la tele? ¡Sólo el hambre produce decenas de miles de muertos a diario! Y eso sin contar con los cuerpos que despedazan las bombas o los que aparecen carbonizados por sus efectos incendiarios o los que se rescatan de entre los escombros tras los atentados terroristas… Aunque de alguno no quede ni para una muestra de ADN me los sirven los telediarios en el comedor de mi casa con una puntualidad encomiable.

—Y después de los telediarios sigue pegando a la tele, claro.

—Claro. De sobremesa, insatisfecho, me trago lo inimaginable: ejércitos de clones, marcianos a millares, invasores extraterrestres de todo tipo y monstruos galácticos más grandes que los dinosaurios. Sin embargo, estos platos de sobremesa son los que peor cuerpo me dejan; cuanto más los repito más vacío me siento.

—Le queda un cierto sabor a plástico o a celulosa ¿no es así?

—Sí. ¿Cómo lo sabe?

—¿Y lo de las pesadillas…?

—Con lo de Irak se me acentuaron. Demasiado avance tecnológico para mí. Ni una cabezada doy sin soñar que alguien me desintegra con solo apretar un botón. Cuando no es un lunático, es una dama de hierro, o un niño prodigio que a través de procesos informáticos rompe todos los códigos de seguridad internacionales. Entre las arcadas vacías y los sobresaltos  no concilio el sueño.  ¡Nunca me he sentido tan mal! ¿Cree usted que es grave, doctor?

—No quisiera alarmarle, pero sí. Aunque lo suyo es más propio de una jubilación psicológica que de la vejez.

—¿Qué me sugiere, doctor?

—Que no se deje impresionar por el Truman o el Bush de turno ni por cualquier otro que llegue de la UE, de China o vaya usted a saber de qué imprevista coalición terrorista nuclear. ¡Sea usted mismo! ¡Sin complejos! ¡No permita que nadie le jubile anticipadamente! ¡Usted tiene más personalidad que todos ellos juntos!

—¿No me va a recetar nada?

—Sí, lo que a todo el mundo, que deje de ver la “tele”, que salga, que se relacione… Recupere los hábitos primitivos, aquellas dietas tan sanas a base de bosques y dinosaurios… Revolucione el mundo si es preciso para conseguirlo, y, en el peor de los casos, ya sabe, recurra a los congelados: a aquellos platos que durante las glaciaciones le hicieron tan feliz. Siga mis consejos; verá como mejora rápidamente.~

® Julian de Antonio de Pedro, 2003.