Gracias y desgracias de Tony Balbino

Crónica sobre la vida y muerte del rector de la universidad de Perro Podrido, de Simón Clarinet, gracias a la labor de investigación de Carlos Dzul/ fotografía Willem Dafoe, actor estadounidense que -dicen- se ha postulado él mismo a llevar la vida de Tony Balbino al cine.


 

A ESTAS ALTURAS ya todos en Perro Podrido deben de saber, pues la noticia se ha regado como fuego entre la yesca, que murió don Tony Balbino, el que fue rector durante un año de la máxima casa de estudios de esta bendita ciudad, en condiciones por demás indecorosas, a saber, durante una cirugía estética (reducción de papada): la decimonovena o vigesimocuarta que tuvo a mal practicarse. Todo lo cual es archisabido. Lo que me propongo relatar aquí, si bien de manera sucinta, es la vida de don Tony, sus gracias y desgracias, para que podamos juzgarlo mejor, ya que no admirarlo ni compadecerlo.

Nació en La Ñonga, nada menos; uno de los barrios más desgraciados de PerroPodrido, en el paupérrimo seno de una familia de vendechicles, oficio que él mismo desempeñó durante los primeros veinte años de su aciaga existencia y con el cual pudo costearse una precaria educación.

Según testimonios, desde niño fue feo como la sífilis y estúpido a más no poder, características ambas que le granjearon, cuando no la burla y el desprecio, la total indiferencia de sus congéneres.

En pocas palabras, creció sin amor. Pero sin odiar a nadie tampoco. Fue en todo momento una persona cortés y llena de paciencia, o, para decirlo de otro modo: una nulidad. Un hombre que había decidido pasar por el mundo como una sombra, que entre el rojo del odio y el negro de la muerte había optado por un tono más bien gris y que sobre esa grisedad pensaba deslizarse pacíficamente hasta el fin de sus días.

Para fortuna nuestra, que podemos darnos vuelo relatándolo, no fue así.

Un hombre que nunca había querido nada, pero nada, aparte de morir tranquilamente, ahora resultaba que ¡quería ser guapo!

Después de muchos años, décadas, de despiadado estudio, de privaciones impares, consiguió graduarse como profesor de matemáticas. Luego obtuvo un puesto en la universidad, en donde se desempeñó con probidad incontestable.

A sus sesenta años, cuando estaba más para allá que para acá, fue designado rector y la noticia le produjo apenas una insípida sonrisa. Qué podía esperar de ello: nada nuevo. Grisedad. Más grisedad.

Pero vaya que sí que hubo cosas nuevas.

Para empezar, cayó en sus manos algo que jamás había ni pensado tener: dinero. Y para terminar, conoció a la señorita San Martín.

Durante los primeros dos, tres días de su mandato, él hizo lo suyo como si nada, como siempre había hecho todo: competentemente. Entonces la conoció, durante una ceremonia cívica, protocolaria y dormitiva y CRACK, fue el acabose. Le tronó el cerebro.  La vio, a la señorita San Martín, y comprendió que toda la vida había estado semidormido, amodorrado, y sólo ahora de repente, gracias a ella, despertaba.

Así pasa.

Lo primero que se le ocurrió hacer fue cambiarse los ojos. ¿Por qué?, porque era un simple, que no sabía nada de nada, ni sobre cómo conquistar a una mujer ni sobre nada. Y dijo: pues me cambio los ojos, me los inyecto y me los cambio de color. De negros a verdes. Listo. Luego se pagó una liposucción y un restiramiento de cutis. Luego se mandó extirpar la papada (que le llegaba hasta el ombligo), aunque no sirvió de mucho porque le volvió a salir, la terca. Él estaba un par de días normal, sin papada, y de repente plop, otra vez le salía y tenía que correr nuevamente al quirófano.

Así pues, don Tony Balbino, un hombre que nunca había querido nada, pero nada, aparte de morir tranquilamente, ahora resultaba que ¡quería ser guapo! Quería gustarle a la muchacha San Martín y todo, claro, a cuenta de la uni, cuyo presupuesto de por sí no era la gran cosa.

La uni decayó de manera siniestra durante su regiduría. No había ni para las becas de los estudiantes ni para pagarles el salario a los maestros ni a los que hacían la limpieza de los baños, ni para gises ni pizarrones había, pues, porque el dinero íntegro se lo agarraba don Tony para embellecerse, con muy poco éxito, también hay que decirlo, porque feo como un chancro nunca dejó de ser, por muchos ojos verdes que tuviera ni mucho cutis restirado. Parecía, la Universidad Perropodrileña, cada vez más un panteón abandonado en donde los maestros, a media clase, de tanto no comer se desmayaban y los alumnos iban olvidando a pasos agigantados lo poco que habían aprendido, incluso algunos ya no sabían ni hablar y se comunicaban grrrr con gruñidos. Pocos, poquísimos, eran los que seguían siendo todavía personas, hechas y derechas, como la muchacha San Martín, por ejemplo, que esa sí, excelente estudiante siempre fue muy bella.

Lo más ridículo del tema es que nunca cruzaron palabra, el rector y la muchacha.

No, lo más ridículo del tema es que ella sí lo amaba. Es decir, lo deseaba. Desde el primer momento… desde la primera mirada que intercambiaron se le antojó comérselo, en sentido figurado, así feo como era; porque era feísimo se le antojó, y pusilánime. Suele ocurrir. Un platillo impresentable, que sabemos que nos dará indigestión, retortijones, vómitos, diarrea… se nos antoja. PLAF. Un apetito, un casi-amor tan estúpido que ni ella misma lo comprendía, que hasta le daba coraje sentirlo, pero ni modo, lo sentía y no había nada qué hacer.

Sin Don Tony un día le hubiera dicho «hola», tan sólo eso, no sabemos qué hubiera pasado. ¡Hubiera pasado todo! Pero nunca lo hizo, ni «hola» ni «buenas tardes», de tan cobarde que era, de tan feo que se sentía (con razón) y conformábase con espiarla desde la ventana de su despacho, cuando ella cruzaba por la explanada central, y entonces fuuu, suspiraba, y luego se sentaba frente a su escritorio y se arrancaba escribiéndole poemas en un cuaderno de hojas cuadriculadas.

Ella, por su parte, no le confesó tampoco el horrible deseo que le despertaba, pues el honorable y gris don Tony (de eso no cabía la menor duda) no iba a saber qué hacer con semejante joya. Moriría, tal vez, le explotarían los ojos, perdería la razón.

—Don Tony, fíjese que…

Y PLUC, adiós don Tony. Así que para qué.

Prefirió guardar su amor dentro de sí como un diamante dentro de una caja fuerte. Igual.

Don Tony murió, ya sabemos de qué triste manera.

El nuevo rector, un tal don Flaco Mata, al parecer una persona  como debe ser, sin traumas, normal, ha emprendido ya la penosa tarea de revivir a la Universidad. Mandó, de entrada, limpiar la maleza que se enseñoreaba de los edificios, pintar las paredes que se habían despellejado y enjaular a los alumnos que se encontraban por allí, guindando entre los árboles…

Alguien, no se sabe quién, alguna mano indiscreta, encontró los poemas de don Tony en su escritorio y los ha dado a conocer al público, que ahora los recita burlonamente por la calle.

Lamentamos decir que merecido se lo tiene.

El menos cursi de ellos comienza:

que en las aulas no se estudie nada más que la belleza de tus ojos
que las tesis de maestría y doctorado traten de tu voz del ángel fresco de tu voz
y que se invente una ecuación de perlas y rubíes para descifrar tu boca…

Y así durante veinte páginas.

Descanse en paz.~