Hibridaciones sinápticas: Manrico Montero: toda búsqueda es andanza y lenguaje

Un texto de Iliana Vargasv

Con amor, al amor de tus sueños humildes, Manrico Montero Calzadíaz  

PIENSO EN LA necesidad de escribir este texto y me pregunto si responderá a una pregunta que quedó inconclusa, o si generará más incógnitas de las que lo detonan. Acaso sólo sea una válvula de escape para que fluya lo que aún pesa en mi cuerpo desde hace veinte días. No lo sé. Lo que sí sé, es que el pasado 21 de mayo, Manrico Montero abandonó su organismo humano para convertirse en una entidad de aire, luz y fuego, desde donde ahora nos percibe y nos ilumina. Tengo la teoría de que eso sucede cuando uno muere: se convierte en un elemento de naturaleza etérea, en una transmutación permanente.

Poco después de su fallecimiento se publicaron diversas notas y artículos sobre su trayectoria y su obra; sin embargo mi intención no es abundar sobre lo mismo, sino hablar de lo que aprendí con él y de él, aunque pareciera que su trabajo y su objeto de estudio eran completamente ajenos a los míos.

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Foto tomada de FB

Me cuesta elegir un punto de partida porque las charlas que mantuvimos me vienen aleatoriamente a la cabeza, pero creo que la primera vez que abrimos un puente directo de comunicación fue cuando, durante una comida con nuestros amigos, él hizo tres preguntas clave: “¿ustedes creen en fantasmas?; ¿alguna vez han visto un OVNI?; ¿qué piensan de los extraterrestres?”. Recuerdo que no sabía si estaba jugando [porque además de que era un bromista innato, siempre sonreía cuando preguntaba cosas que no tenían que ver con lo que estábamos diciendo], pero cuando vio nuestra perplejidad, y que nadie se animaba a responder, empezó a contar un par de experiencias que me invitaron a relatar las mías. A partir de ese momento surgió una complicidad en torno a nuestro interés por estos temas, y con el tiempo, por muchos otros como la transmutación, la transfiguración, el desdoblamiento, los nodos energéticos, los procesos psíquicos durante el sueño, la relación entre el misticismo y la filosofía, la poesía, la ciencia ficción, lo sobrenatural, lo extraño, lo ominoso, el sonido, y sobre todo, el lenguaje. Ahí, en el lenguaje, confluíamos como las aves cuando descansan sobre las fuentes o los ríos para beber agua [aunque nosotros, la mayoría de las veces, nos acompañábamos de cervezas, mezcal o café].

Nos concentrábamos y hablábamos sobre el lenguaje de lo concreto y de lo abstracto, de lo que tiene un sentido por sí mismo y de lo que existe para ajustarse a un sentido. El lenguaje de lo que se dice y lo que aguarda en el silencio; de lo que reverbera, insistente, y de lo que hay que esforzarse para percibir durante el proceso de escucha; de lo que se lee y hiende directo, porque “Hay golpes en la vida tan fuertes… ¡Yo no sé!”, y hay secretos, incluso entre líneas, que se revelan en los momentos más inesperados de cualquier acto cotidiano. El lenguaje entreverado en conceptos profundísimos, ligados a distintas disciplinas y el lenguaje más básico para expresar lo que se piensa o se siente. El lenguaje de los seres cuya sonorización es única y está codificada para atender objetivos concisos dentro de su proceso de sobrevivencia o para interactuar en la armonía de su hábitat. El lenguaje de lo que no quiere comunicar nada más que la belleza simple, implícita en su existencia, como las mutaciones del cielo o la agitación en las copas de los árboles, el agua y la hierba. El lenguaje que cada uno de nosotros emana, más allá de toda regla sintáctica o gramatical, y determina nuestra identidad: la voz, el movimiento y el tacto con que compartimos el espacio junto a los otros. Manrico, por ejemplo, era como los bosques, las selvas y los ortópteros que estudiaba: firme, sereno, ruidoso, vital:

Me entusiasmaba platicar con él porque era como abrir una matrushka de conocimientos, experiencias y aprendizaje sin afanes didácticos o ególatras, sino con la pura intención de compartir e intercambiar ideas, gustos y posturas relacionadas con las cosas que teníamos en común, y que eran bastantes y diversas. Ahí fue cuando descubrí que el único límite que existe es el que uno mismo se impone, pues Manrico era un estudioso autodidacta de todo, en verdad todo, lo que llamara su atención o fuera necesario e importante para retroalimentar sus investigaciones. Pienso en él como en un mandala que se desdobla sin preocuparse por su extensión, sino por su contenido: sabía aprovechar al máximo las bibliotecas digitales y las páginas especializadas en sus temas de estudio; nunca se quedaba con una sola versión de las cosas; siempre andaba cuestionando, buscando, recorriendo caminos.

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Una vez pasamos largo rato hablando de nuestros viajes a Sudamérica, cada uno en distintas épocas y con distintos objetivos y resultados, pero con una coincidencia: ambos absorbimos una cosmogonía y una forma de percibir la vida muy particular de la Comunidad Andina que, descubrimos entre risas, queríamos replicar aquí, en la Ciudad de México, sin lograrlo. ¿Por qué? Porque añorábamos la sencillez y la facilidad con que uno podía vivir apartado de la metrópoli para integrarse a un proceso más natural de vida, un poco a la manera de Thoreau. Me acuerdo mucho que después de una pausa en aquella conversación, me preguntó “¿Y qué fuiste a buscar a Ecuador?”, y yo, sin tener que pensarlo mucho, le respondí “Una vida que no existía, ni siquiera en la imaginación”. Nunca voy a olvidar la manera en que me miró después de eso, y me dijo “Pero obtuviste la vida que tienes ahora, y es más fuerte que toda imaginación.” Nos sonreímos y chocamos nuestros tarros de cerveza, acompañados del infaltable “¡Auuuuuuuuuu!”, icónico en nuestro código de comunicación, y seguimos hablando o preguntando otras cosas a los demás. Nuestra relación se hizo muy cercana durante los últimos nueve meses; en particular, a inicios de este año, éramos muy constantes en nuestras charlas, en el interés por nuestros proyectos. Fue la única persona en estar al tanto de mi curiosidad por experimentar procesos ajenos a la creación literaria para escribir y en aconsejarme sobre ello; me ayudó a concretar mi propuesta de participación para la Worldcon76, y siguió de cerca los avances de un cuento para un proyecto especial, junto con el libro que terminé pocos días después de la última vez que nos vimos, pero que por desgracia no alcanzó a leer.

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Fotografía tomada de FB

En fin, pensar en lo que sigue ahora sin él, es hundirme en este quiebre que aún siento en el corazón. Prefiero terminar diciendo que habremos de continuar nuestros viajes propios siguiendo el ejemplo de la historia de Manrico, que era el ir y venir constante, tanto física como espiritualmente, sumergiéndose en entornos donde era posible conectar la esencia humana en su estado primigenio con la de otras especies. Y escuchar. Y dejarse llenar de esa vida. Y entregarse.~

Fotografía de portada de Eduardo Medina / Esstro 9 [tomada de FB]