BEBER POR NO LLORAR | Ya no se pisan mierdas de perro

A VECES ME entran unas irrefrenables ganas de gritar, pero me contengo por eso del qué dirán. Y es que las ganas pueden surgir en cualquier momento y, si me dejase llevar, me vería en medio de más de una situación embarazosa. Imagínate que suelto un chillido durante una comida familiar, o mientras camino por una calle abarrotada. No sería de recibo. Es mucho más civilizado gritar para dentro, sin hacer demasiado ruido, e ir acumulando esos gritos hasta que padezcas un ataque de ansiedad. Hoy en día no eres nadie si no padeces de ansiedad. O estrés, llámalo como quieras. Al final, lo que importa es tener un aparato de esos que te pones en la boca cuando duermes porque aprietas demasiado los dientes de tanto estrés. Es lo último.

Personalmente, opino que se debería gritar más. Y no soy el único. En este tema, como en el de los dibujos animados pornográficos y muchos otros, los japoneses nos llevan siglos de ventaja. Solo ellos podían crear una especie de florero al que puedes gritar con todas tus fuerzas para que absorba el ruido y lo convierta en un ligero susurro [1]. En un principio me pareció el mejor invento que había visto desde el palo selfie. Incluso llegué a sacar la tarjeta de crédito para hacer mi pedido. Pero no sé. Me imaginé yendo de un lado para otro con un jarrón a cuestas y no lo acabé de ver claro. Además, parte del encanto de gritar es precisamente escuchar el desgarrador ruido que sale de tu interior. Si te quitan eso, tendrías la sensación de quedarte a medias, como cuando te comes una hamburguesa de tofu.

El único sitio en el que me siento con total libertad para desahogarme es en el coche. Grito mucho cuando conduzco. Si otro coche se me cruza en una rotonda, insulto a su conductor con todas mis fuerzas. Si me coinciden todos los semáforos en rojo cuando entro a la ciudad, pego unos gritos que da gusto oírlos. Me encanta. La gente me tomaría por un desequilibrado si lo hiciese en el exterior, pero en la soledad de mi coche me encuentro a salvo de juicios y convenciones sociales. Y sé que no soy el único. Una persona que conduce sola se muestra tal y como es. No hay más que fijarse en el conductor de al lado cuando paras en un semáforo, o te detienes en mitad de un atasco. No es raro descubrir a una chica cantando a pleno pulmón como si estuviese dando el concierto de su vida. O a un señor hurgándose la nariz y observando sus hallazgos tranquilamente. Son momentos de una autenticidad mágica.

Al final, lo que importa es tener un aparato de esos que te pones en la boca cuando duermes porque aprietas demasiado los dientes de tanto estrés.

El otro día, tomando unas cervezas con un amigo, reflexionábamos precisamente sobre el hecho de que cada vez somos más civilizados. Que tiene sus cosas buenas, por supuesto, pero también es cierto que tanta norma hace que perdamos autenticidad. «Ya no se pisan mierdas de perro, por ejemplo» se empezó a lamentar mi amigo después de la sexta cerveza, «¿cuándo fue la última vez que pisaste una mierda de perro?». No lo recordaba. Antes no pasaba una semana sin que te tropezaras con alguna, y después tenías que acercarte al jardín más próximo para arrastrar el zapato disimuladamente. «Pero el olor no se iba en todo el día», añadió mi compañero mientras sonreía, nostálgico. «Tampoco se pisan tantos chicles como antes», dije yo, intentando aportar algo a su reflexión. Mi amigo me miró entonces con una expresión triste, en silencio, mientras negaba levemente con la cabeza. Como diciendo: «hasta dónde vamos a llegar».~

[1] http://conectica.com.mx/2015/11/02/japon-florero-estres-gritar/